MANDRÁGORA, por Raúl Alzogaray
1
Despertó del sueño vegetal.
El sueño era verde oscuridad y sombra pálida, hebras
de luz atrapadas en la trama de partículas invisibles, un nervioso fluir a
través de membranas palpitantes. Ahora la trama se deshacía en jirones.
Los sentidos se desperezaron, cabalgaron en busca de
nuevas sensaciones. Una glándula vertió sus jugos en los torrentes interiores.
Hubo movimiento debajo de los párpados. Un temblor le recorrió las
extremidades. Dentro del pecho, algo latió con más fuerza. La criatura formada
con sustancias arrancadas a la tierra se estremeció. Una miríada de destellos
implosionó en un punto y la conciencia despertó.
El dolor fue un relámpago incoloro que la sacudió
eléctricamente. Una blanda resistencia se opuso a sus movimientos. Abrió la
boca y se le llenó de un líquido amargo. Ahora el dolor era ondas concéntricas
que estallaban a flor de piel. Un latigazo muscular le flageló los brazos, se
los apartó del cuerpo. Hundió las uñas en el tejido tierno que la rodeaba. Con
los codos y las rodillas se abrió paso dolorosamente. Adelantó la barbilla,
hincó los dientes en las membranas pegajosas. Luego cayó, liberada.
Entonces la cosa que era el exterior penetró en ella,
le abrasó la garganta, la cegó en el acto. Le mordisqueó el cerebro,
empujándola a la nada.
__________
El ser era pequeño y azulado. Tenía cuatro alas
translúcidas y dos largas antenas segmentadas que se movían sin cesar. Lo vio
apenas despertó. El ser estaba posado en su brazo. Lo observó frotarse entre sí
las patas delanteras, mientras las otras seis sostenían el cuerpo. Sin hacer
ningún otro movimiento, lo capturó con la lengua. Cuando terminó de comerlo
sintió una agradable sensación de bienestar.
Se puso boca arriba, aspiró el aire fresco de la
mañana. En las copas de los árboles, los rayos del sol se enredaban con las ramas
más altas que temblaban en manos de la brisa. Las cortezas arrugadas estaban
tapizadas de ocre.
Un crujido repentino la sobresaltó. Se sentó, alerta.
Una sombra no más grande que un puño pasó corriendo entre los manojos de hierba
que crecían aquí y allá. Después sólo quedaron el murmullo del bosque y una
inmovilidad de piedra. Estiró la mano para rozar la plantita verdigrís que
crecía sobre la raíz de un árbol añoso. La encontró suave y húmeda al tacto. Se
la llevó a la boca y le supo áspera. Se acercó las yemas de los dedos a la
nariz y le agradó la tenue fragancia.
Una ráfaga que suspiró a su alrededor le produjo un
escalofrío. Al frotarse los brazos para darse calor, descubrió que los
filamentos oscuros que le cubrían el cuerpo se desprendían con facilidad. Se
pasó la mano por el vientre y el pecho planos, arrancando puñados de
filamentos, dejando al descubierto la piel tersa y casi blanca. Los únicos
filamentos que no se desprendieron fueron los que tenía adheridos a la parte
superior de la cabeza. Eran más largos y oscuros. Al tirar de ellos sentía
dolor.
Se quedó tendida un largo rato. Tuvo la extraña
sensación de que, de algún modo, ella y el bosque eran una sola cosa. Tuvo
conciencia de las innumerables formas que la vida adoptaba en el bosque, tan diferentes
entre sí y sin embargo tan parecidas. Junto a ella yacía la planta de la cual
había nacido. Las hojas enormes surgían del suelo fláccidas, macilentas,
cubiertas por los restos de las membranas que le habían brindado protección y
alimento.
Le costó ponerse de pie. No lo logró al primer intento
ni al segundo. Cuando finalmente lo consiguió, tanteó la tierra mojada con la
palma de los pies hasta encontrar la mejor manera de sostenerse. Más tarde
aprendió a saltar y a correr.
Durante el resto del día anduvo por el bosque
corriendo tras pequeños seres voladores, saboreando los frutos tímidos que
tomaba de las plantas. Se acercó a los arroyos sin asustar a los seres que
bebían en ellos. Le gustaron el susurro de las aguas y la frescura que le
regalaban a su garganta. La asombró contemplar el fantástico ser que la espiaba
desde la superficie espejada cada vez que se inclinaba sobre ella.
Cuando el cielo empezó a ponerse oscuro, se metió en
un tronco hueco y se acurrucó en la madera tibia. Las sombras se condensaron,
poco a poco absorbieron todos los ruidos. Dentro del tronco, hecha un ovillo,
se quedó dormida.
La despertaron los trinos que revoloteaban de rama en
rama. Tiritando, salió al sumiso
resplandor del bosque. Una niebla blanca y helada se movía por el suelo,
dejando a su paso gotitas que brillaban cuando las tocaba el sol.
Estiró los brazos, abrió la boca, se desperezó. Tenía
las piernas entumecidas. Vio unos frutos amarillos en una rama y sintió hambre.
Más tarde, mientras comía los frutos recién arrancados, sentada sobre la tierra
salpicada de rocío, oyó las voces. Prestó atención. Eran distintas a todos los
sonidos que había escuchado antes. No parecían pertenecer al bosque.
Se dirigió hacia las voces, que se fueron haciendo más
y más estentóreas hasta que finalmente se materializaron. Descubrió a los seres
en la orilla del arroyo.
El ser más grande andaba en seis patas. Su cabeza era
alargada; sus orejas, cortas. Tenía una larga cola que se movía todo el tiempo
y le golpeaba los flancos. De vez en cuando lanzaba un bufido o movía las patas
traseras escarbando el suelo.
Los otros seres andaban en dos patas. De sus cabezas
salían largos filamentos que se enmarañaban a los costados de sus rostros. La
piel les caía a lo largo del cuerpo, formando pliegues holgados de distintos
colores. Olfateando el aire, agitando las colas cortas, réplicas más pequeñas
del primer ser se movían inquietas entre las piernas de los demás.
Uno de los seres que andaba en dos patas clavó los
ojos en ella, la señaló con la mano, emitió un sonido gutural. Los seres más
pequeños mostraron los dientes y gruñeron. El ser más grande se mantuvo
indiferente.
El ser que había gritado se adelantó, se llevó las
manos al vientre y extrajo de entre los pliegues de su piel una protuberancia
carnosa que parecía brotarle de las entrañas. Lanzando sonidos agudos y
entrecortados, agitó la protuberancia repetidas veces. Los otros como él
profirieron sonidos similares.
Ella avanzó hacia el ser, empujada por un impulso
irresistible. Entonces los seres de rabo corto se lanzaron sobre ella.
2
El hombre alto y fornido se detuvo en medio del sendero y
contuvo la respiración. El viento jadeó entre sus ropas, le revolvió la melena.
Lejos, algo se quejó de nuevo. El hombre se relajó. Por un momento había creído
que se trataba de una bestia de caza. Solía recoger a los animales heridos que
encontraba en el bosque. Los llevaba a su cabaña y los cuidaba hasta que
sanaban. Con las bestias de caza era diferente, porque se enfurecían apenas
alguien se les acercaba. Una marca rosada y zigzagueante en el tobillo, que los
días de tormenta le ardía como una brasa, se encargaba de recordarle que era
imprudente acercarse a esas bestias. Por eso las evitaba, del mismo modo que
evitaba a los otros hombres. Cuando necesitaba ropa o comida y se veía obligado
a trabajar para los campesinos, los veía enloquecer tras beber los jugos
fermentados de ciertos frutos. En esas ocasiones, insultaban y maltrataban a
las personas y a los animales que los ayudaban a trabajar la tierra. Eran los
campesinos quienes les enseñaban a matar a las bestias de
caza. Lo hacían por pura maldad, pues no podían probar la carne de las
criaturas del bosque. Así lo establecía una antigua ley. Aunque todos ignoraban
por qué razón había que respetar las antiguas leyes, nadie las infringía. En
una sola ocasión había visto como unos hombres devoraban las lonjas
sanguinolentas de un animal destrozado por las bestias de caza. Cada vez que
recordaba la escena, se le revolvía el estómago.
Los gemidos se repitieron
lastimeramente. No pertenecían a ningún animal que conociera. Apartó unos
arbustos y se desvió del sendero. Más adelante, detrás de una mata, encontró el
origen de los lamentos.
Una infinidad de imágenes se le
agolparon en la mente. No supo de dónde venían, ni dónde se metieron al
instante siguiente, cuando se esfumaron como un sueño tras un brusco despertar.
Se encontró mirando fijamente a... ¿cómo nombrar lo que nunca se ha visto?
Parecía hecha de leche pura, una rara floración nocturna marchitándose a la luz
del día.
La miró un tiempo incierto antes de
notar las magulladuras que le moteaban el cuerpo, las huellas inconfundibles de
los colmillos de las bestias de caza. El líquido opalino que manaba de las
heridas manchaba las hojas de los helechos. Recordó las fauces abiertas
chorreando baba y se le erizaron los pelos de los brazos. Se le ocurrió que
quizás los perros merodeaban el lugar y se abalanzarían sobre él en el momento
menos pensado. Creyó ver siluetas sigilosas, escuchar ruidos amenazadores.
Ahuyentó estos pensamientos e hizo lo que tenía que hacer.
Recorrió la distancia que lo separaba
de la cabaña tratando de no apurarse. Le urgía llegar, pero temía dañar aún más
a la frágil criatura que llevaba en los brazos. Una vez en la cabaña, la
depositó en la cama y corrió al pozo en busca de agua. Hirvió el agua y la dejó
enfriar, tal como había aprendido hacía mucho tiempo. Con una toalla empezó a
lavar despacio las heridas, pero la criatura se retorcía apenas la rozaba, así
que interrumpió la tarea.
Revolvió las bolsitas de especias, los
guijarros de colores brillantes, las semillas de plantas que crecían únicamente
en climas lejanos, las chucherías acumuladas en docenas de viajes por los
rincones deshabitados del bosque interminable. Cada objeto encerraba un
recuerdo, paisajes somnolientos y remotos. Finalmente encontró lo que buscaba.
Alineó los frascos sobre la mesa. Podía
individualizarlos por los colores de sus contenidos. Separó tres y los destapó.
En un cucharón lleno de agua puso unas cuantas gotas del líquido escarlata del
primer frasco, que calmaba el dolor y provocaba sueños bienhechores. Se
arrodilló al lado de la cama, pasó un brazo por debajo de la nuca de la
criatura y la alzó con suavidad. Le vació muy lentamente el cucharón en la
boca. Después tomó un trozo de tela limpia y lo cortó en pedazos del tamaño de
una mano abierta. Vertió en una taza de madera un chorrito de lo que había en
el segundo frasco, un líquido ambarino de olor penetrante que impedía la
formación de veneno en las lastimaduras. El agua adquirió un aspecto nuboso.
Mojó los trapos y se puso a lavar las heridas de la criatura dormida. Humedeció
pacientemente las costras endurecidas hasta que se ablandaron. Algunas
mordeduras eran muy profundas y
tardarían en curar.
Una vez que todas las heridas
estuvieron limpias, embebió unos pedazos de tela en el líquido verdoso del
tercer frasco, que tenía la propiedad de fortalecer el crecimiento de la carne.
Puso un trapo empapado sobre cada herida y los envolvió con tiras de la misma
tela. Cubrió a la criatura con una manta y se sentó a descansar. La observó
dormir. Su rostro ya no estaba desfigurado por el dolor. Había belleza en sus
delicados rasgos.
Anocheció. El hombre sintió el molesto
roer de la impaciencia. Le molestaba quedarse de brazos cruzados. ¿Bastaba con
lo que había hecho? Ojalá pudiera hacer algo más. Siempre cabía la posibilidad
de que las heridas empeoraran, en vez de mejorar. Quizás en ese mismo momento
la criatura estaba... No. No debía pensar de esa manera. Tuvo ganas de salir
corriendo a buscar ayuda. Pero dejarla sola no era una buena idea. Además, no
sabía muy bien a quién acudir.
Encendió la chimenea haciendo saltar una
chispa sobre la paja. Las llamas crepitaron; la madera enrojeció, disipando el
frío. Volvió a sentarse cerca de la cama. El aire templado y el siseo del fuego
lo adormecieron. Cabeceó. Los párpados le pesaban. Imágenes confusas acudieron
a su mente. Moviéndose en sueños, la criatura se quejó. Medio dormido, vio la
punta de la manta deslizarse fuera de la cama. La criatura quedó al
descubierto. Parecía un muchachito, a no ser por lo que le faltaba entre las
piernas. Definitivamente no era un hombre, a pesar de su apariencia humana.
Entonces, ¿qué era? Había escuchado a los viejos hablar de criaturas como ésta.
Las llamaban mujeres. Eso era ella. Una mujer. Había encontrado una mujer. Pero
no sabía muy bien de qué se trataba. Algo muy tierno y delicado, en todo caso.
Y poseía... algo. Algo que él había observado en las criaturas del bosque y
nunca en los hombres. Algo que no podía describir con palabras. Era algo que
estaba en ella y que la ponía mucho más cerca de los seres del bosque que de
los hombres. Los viejos contaban que las mujeres salían del bosque de tanto en
tanto. Reían al recordar las cosas que habían hecho con ellas, aunque nadie
sabía muy bien a qué se referían.
Era la primera vez que tenía una mujer
delante. En verdad, nunca había creído seriamente en su existencia. ¿Qué debía
hacer con ella? ¿Debía hacer algo? Se preguntó de dónde saldrían las mujeres y
por qué aparecían sólo en ciertas épocas. Esto lo condujo nuevamente al terreno
de las preguntas que ni los viejos eran capaces de responder. Por ejemplo, ¿de
dónde salían los hombres? Él no recordaba haber venido de parte alguna. Ningún
hombre lo recordaba. Simplemente estaban ¿para qué? Nadie lo sabía. ¿Hasta
cuándo?
Se sobresaltó. Abrió los ojos de golpe,
convencido de que alguien se ocultaba en el cuarto. Miró a su alrededor. Los
rescoldos arrojaban sombras siniestras contra la pared. Una de ellas le recordó
a los hombres que usaban vestidos negros y salían del bosque para exhortar a
los campesinos a salvar algo que llamaban alma y a no andar por un camino que
llamaban pecado. Y ahora que lo pensaba, también decían que las criaturas que
surgían del bosque eran malvadas, que alguien las enviaba para tentar a los
hombres y causarles daño. Eso era difícil de creer. Ningún mal podía provenir
del bosque. Era viejo y acogedor, la manifestación más bella de la vida.
Puso unos troncos en la chimenea y los
sopló. Las llamitas azules crecieron con rapidez. La criatura descansaba
mansamente. Al tocarle la frente descubrió que dentro de ella se consumía otra
hoguera. Le refrescó el rostro con un trapo húmedo. Volvió a la silla y se sumergió
en un sueño inquieto.
Los rayos del sol que se filtraban por las
rendijas salpicaban el piso de dibujos sin sentido. Partículas de polvo
iluminadas se movían en el aire. Se desperezó y bostezó en silencio. Le dolía
todo el cuerpo.
Abrió las ventanas y la mañana irrumpió
como un manantial: un soplo fresco, el aroma del pasto mojado y la savia de los
pinos. Un pequeño ser trazó en el aire una espiral imaginaria. Momentáneamente,
el pasado se disolvió en el paisaje matutino. La noche se había ido, impregnada
con los acontecimientos del día anterior. El amanecer modelaba de nuevo el
mundo.
Se dio vuelta y miró a la criatura. Ella
también lo miraba. Dos ojos claros y luminosos. Se alegró al verla despierta, y
más se alegró al ver la sonrisa que ella le ofrecía.
La criatura vio los vendajes que le
cubrían los brazos, los tocó tímidamente, tironeó de ellos. Cuando él llegó a
su lado, algunos trapos ya estaban en el suelo. Deseó que ella no mirara las
heridas y enseguida descubrió que no había heridas que mirar. Le quitó todas
las vendas y encontró sólo piel tersa e intacta. Estaba tan contento que no
llegó a sorprenderse. La incertidumbre dejó de acecharlo. Por una vez, fue como
si la noche realmente se hubiera llevado el sufrimiento y la pena del día
previo. Salió de la cabaña y regresó al poco tiempo con un montón de frutos
frescos. Hambrientos y gozosos, comieron sentados en la cama.
Luego de comer estuvieron un rato
mirándose. Ella estiró la mano y le rozó la mejilla. La caricia duró menos de
un segundo, pero él siguió sintiendo el toque de la mano después de que ella la
hubo retirado. Cuando ella lo tocó, una corriente impetuosa fluyó en una sola
dirección. Dentro del hombre, la corriente viboreó, llenó el vacío, trituró las
astillas de soledad incrustadas en su interior. Tanto hacía que llevaba esas
astillas, que había terminado por acostumbrarse a ellas. Una vez que la
corriente lo llenó todo, pugnó por salir. El hombre sintió la imperiosa
necesidad de retribuir a la criatura lo que ella le acababa de dar. Quería
protegerla, acompañarla siempre, abrirse a ella. La miró a los ojos y
comprendió que ella estaba dispuesto a recibir.
Se tendieron juntos y se acariciaron.
Compartieron sus cuerpos y a través de los cuerpos, todo lo que ellos eran.
Para él, cada persona era un bosque misterioso. Los demás podían internarse en
esos bosques, pero nunca lograban recorrerlos por completo. Se llegaba a un
punto en que la espesura impedía continuar. En algunos hombres, la espesura
crecía en forma desbocada, se nutría de su propio desencanto y terminaba
abarcándolo todo. Cualquier cosa que sucediera a continuación sólo provocaba
indiferencia.
Él llevaba esa espesura dentro. Hacía rato
que la sentía crecer, devorándolo. Él lo había permitido. Después de todo, la
soledad era la esencia de la condición humana. Contra ella, nada se podía
hacer, excepto entablar una lucha inútil, perdida de antemano, ya que de un
modo u otro, la soledad siempre se las arreglaba para vencer. Y sin embargo, la
compulsión de luchar también formaba parte de la condición humana. Ahora sabía
que la lucha podía acercar a uno a la victoria, por más que no se la alcanzara.
Hasta dónde se llegaba, dependía de cada uno.
Convivieron varios días. A él le resultaba
hermoso despertar junto a la criatura, explorar su cuerpo, entrar en ella y
depositar en su interior el jugo lechoso que despedía la protuberancia en forma
de hongo que él tenía entre las piernas. Recién ahora, por primera vez, al ver
la exquisita manera en que su protuberancia encajaba en la cavidad de la
criatura, le encontraba un verdadero sentido a esa parte de su cuerpo.
Una mañana no la encontró a su lado. Buscó
por toda la cabaña y luego por los alrededores, pero ella no estaba.
3
El servomecanismo aguardaba en lo profundo
del bosque. Las extremidades metálicas recogidas, el vientre ovalado apoyado
sobre un lecho de hojas descompuestas. Esperaba en la oscuridad, oculto dentro
de un tronco podrido, inmóvil como un predador que aguarda a su presa.
A cada instante recibía una cantidad
enorme de información proveniente del sector del bosque abarcado por sus
sensores. Cada unidad de información era interpretada instantáneamente por el
diminuto cerebro electrónico y luego almacenada. Presenciaba pasivamente la
intensa actividad del bosque. Percibía cómo la vida se esforzaba en la
construcción de estructuras complejas. Esperaba.
Al fin, un eco lejano lo arrancó del
letargo. Un llamado silencioso y perentorio que puso término a la larga espera.
El cerebro interpretó el mensaje y comenzó a trabajar. Del sinfín de señales
que emitían los tejidos nerviosos de los habitantes del bosque, sólo una le
interesaba al cerebro del servomecanismo. A esa podía reconocerla entre miles
de señales.
Hubo un chasquido y las extremidades se
extendieron. El servo hundió sus patas de metal en la capa de hojas enmohecidas
hasta encontrar un punto de apoyo. Depósito todo su peso sobre ellas y se
irguió, destrozando la madera podrida que lo rodeaba. Una claridad azulverdosa
desplazó la ausencia de luz, los ruidos lejanos dejaron de ser una
reverberación algodonosa. Olores espesos flotaban en el ambiente. Sin prestar
atención a estos cambios, inició la marcha.
A medida que el servo avanzaba, sus
sensores fueron captando la señal, sucesivamente, como un murmullo, un aullido,
un rugido casi tangible. Cuando la intensidad fue máxima, los ojos electrónicos
percibieron lo que buscaban.
La criatura yacía en el suelo, se
contorsionaba como si un fuego interno la estuviera devorando. Ni siquiera notó
que el servo se le acercaba.
Del cuerpo ovalado del servo surgieron
tres brazos mecánicos. Dos de ellos alzaron a la criatura, en el extremo del
restante surgió una aguja que se hundió en el brazo de ella. A partir de ese
momento, ella dejó de moverse y comenzó a respirar pausadamente.
Sin detenerse ni un momento, el servo la
transportó durante el resto de ese día
y toda la noche. Al amanecer, la vegetación se fue haciendo cada vez más espesa
y se vio obligado a disminuir la velocidad de su marcha. Al mediodía llegó a
una zona inextricable. Un grueso estrato de hojas ennegrecidas cubría el suelo,
y aquí y allá emergían raíces gordas que convergían en grandes troncos sobre
los que crecían enredaderas frondosas. Unas plantas bajas, suculentas y
espinosas, se fueron haciendo cada vez más frecuentes hasta que formaron un
sotobosque compacto, cuya altura aumentaba a cada paso. Las cortezas de los
árboles eran purpúreas o violáceas y las ramas se entrelazaban, curvándose como
garras. Las raíces se bifurcaban muy por encima del suelo, formando intrincadas
galerías delimitadas por retorcidas columnas vegetales. Marañas de plantas
trepadoras colgaban de lo alto como cascadas estáticas. El débil resplandor que
lograba atravesar el follaje teñía el lugar de colores borrosos. La luz misma
parecía diluirse en el aire enrarecido. Sombras esporádicas se deslizaban entre
la vegetación, delatando la presencia de los habitantes de esa parte del
bosque.
El servo avanzaba metódicamente, una
alimaña articulada que corría a su guarida cargando un codiciado tesoro. Ahora
salían de su cuerpo numerosos brazos mecánicos que se abrían paso con
eficiencia en el muro vegetal. Inconsciente entre las manos de metal que la
sostenían, la criatura parecía haberse encogido durante el trayecto. Mustia, la
piel desprendida en los incontables
lugares donde el ramaje la había rasguñado, apenas respiraba.
La negra caverna se abrió de repente
delante del servo. Los pasos metálicos arrancaron ecos apagados de la roca
resbaladiza. Un declive suave y sinuoso se perdía en las entrañas de la tierra,
ramificándose como las ramas de un arbusto.
El descenso terminó ante una plancha
maciza de metal que se deslizó dentro del muro de piedra sin hacer ruido. Una
fuerte luz iluminó el recinto que había del otro lado. Un hálito helado salió
del recinto. De la boca de la criatura escapó una fugaz nubecilla de vapor. El
servo ingresó al recinto. La plancha de metal volvió a su posición inicial.
El recinto era funcional: un cubo excavado
en la piedra del subsuelo, tapizado con metal y plástico, equipado con una
compleja maquinaria electrónica. El resistente material que cubría gran parte
de las paredes era transparente y permitía ver la roca viva. Delante de una de
las paredes laterales había una consola cubierta de botones y perillas.
Empotrada sobre ella, una pantalla se extendía de pared a pared. La pared de
enfrente estaba cubierta por compartimientos de distintos tamaños con puertas
transparentes. En la misma pared, en el rincón superior más alejado de la
entrada, una corriente de aire frío ingresaba al recinto a través de una
rejilla de plástico. La pared del fondo, recubierta por un material de color
indefinido, se curvaba en forma de cono hacia el centro del recinto. La punta
del cono, suspendida a media distancia entre el piso y el techo, se abría como
los pétalos de una flor.
El servo se dirigió a los compartimientos
de la pared lateral. Con un dedo mecánico presionó una placa cuadrada del
tamaño de una uña humana, ubicada en la base del compartimiento central. El
interior del compartimiento se iluminó, el tabique se deslizó hacia arriba.
Depositó a la criatura en el piso del compartimiento. Nada en ella indicaba si
aún estaba viva.
El servo se volvió y caminó hacia la
salida. La abertura se abrió ante él. De vuelta en la caverna, desanduvo el
camino al exterior. Una vez en la superficie, se internó en la espesura sin
rumbo fijo.
Poco antes del anochecer detectó la señal
clara e inequívoca de un ser humano que se aproximaba. Se paró, elevó las
extremidades de metal, se aferró a una rama y se izó verticalmente. Al
principio, la rama osciló; luego se quedó quieta. Escondido entre las hojas, el
servo colgaba como un ser nocturno que aguarda la llegada de la noche.
El hombre apareció un largo rato después.
El cabello castaño se le arremolinaba alrededor de los hombros. Tenía la ropa
rota, arañazos en la cara y el pecho. Por momentos se agachaba y examinaba los
matorrales, como si estuviera buscando algo. No tardó en salir del campo visual
del servo, que entonces se descolgó y prosiguió su camino.
Ya era de noche cuando el servo encontró
un lago de aguas calmas. Se metió en él y vadeó en la oscuridad. De pronto se
sumergió totalmente. Mientras se hundía en el fondo barroso, sus extremidades
metálicas se plegaron y se retrajeron al interior del cuerpo. El barro lo cubrió
por completo. Inmerso en la acuosa profundidad, se puso a esperar.
___________
El hombre se asomó a la oscuridad que se
abría ante sus ojos. Respiraba con dificultad. Los harapos de su blusa pendían
de su cintura. Se quedó en la entrada de la caverna hasta que su respiración se
normalizó. Entonces entró. Avanzó palpando la pared rocosa con las manos y el
suelo con los pies.
Un artefacto disimulado en una concreción
mineral detectó la presencia del hombre y lanzó una señal que fue detectada por
una caja que, unos metros más adelante, pendía del techo de la cueva. De la
parte inferior de la caja salía un cilindro. El extremo del cilindro que
apuntaba hacia la salida de la cueva era ahusado.
Ni bien recibió la señal emitida por el
artefacto, la caja emitió una onda subsónica que hendió el espacio entre los
muros de piedra. El hombre se llevó las manos a la cabeza, cayó de rodillas y
se desplomó sin conocimiento.
Tardó en despertar. Se movió levemente. Se
puso de pie y dio unos pasos inseguros. La caja volvió a emitir la onda y el
hombre volvió a caer. Un saliente afilado le abrió un tajo en la sien.
Esta vez pasó mucho más tiempo antes de
que el hombre se despertara. Se incorporó. Su corazón latía desordenadamente.
Se pasó la mano por la herida que aún sangraba. Agitó los brazos. Desde el
techo de la caverna, la caja captaba el calor menguante del hombre y apuntaba
hacia su cabeza el extremo ahusado del cilindro.
Finalmente, el hombre volvió sobre sus
pasos. Salió de la caverna y vagabundeó muchos días por los alrededores. Andaba
semidesnudo. Comía bayas, raíces, brotes dulzones. Un amanecer se encaminó al
linde del bosque. Nunca regresó a la caverna.
___________
Al mismo tiempo que el servo abandonaba el
recinto, dentro del compartimiento empotrado en la pared varios brazos
mecánicos rodearon el cuerpo sin vida de la criatura. Los brazos terminaban en
bisturís, pinzas, dedos o tijeras que enseguida se pusieron a trabajar. En
cuestión de segundos practicaron una incisión en la base del vientre de la criatura,
separaron los bordes del corte y dejaron al descubierto uno de sus órganos
internos. El órgano era esférico y rosado, de su parte inferior salía un
conducto que desembocaba en la entrepierna de la criatura. Los ligamentos que
lo sostenían en su lugar fueron cortados y el órgano fue extraído.
Las paredes laterales del compartimiento
se abrieron, formando aberturas que comunicaban con los compartimientos
adyacentes. El cuerpo fue llevado al compartimiento de la derecha, donde
recibió un tratamiento de microondas que lo redujo a cenizas. El órgano
esférico fue llevado al compartimiento de la izquierda, donde fue empapado por
una sustancia vaporizada que surgió del techo. Los brazos lo abrieron y
extrajeron de su interior un líquido viscoso y blancuzco. Aproximadamente la
sexta parte del líquido fue volcado dentro de una cápsula de plástico que
contenía una sustancia espesa e incolora. Un brazo agitó todo con una varilla
de metal. El procedimiento fue repetido hasta que la totalidad del líquido
viscoso quedó repartido en seis cápsulas.
Las cápsulas fueron selladas con calor y
conducidas a otro compartimiento en el que había un cilindro de metal. Una mano
mecánica giró el manubrio ubicado en la parte superior del cilindro y levantó
la tapa. Un vapor espeso salió del cilindro. Las cápsulas fueron depositadas
dentro; la tapa, cerrada; el manubrio, girado en sentido inverso. Las luces de
los compartimientos se apagaron. Las del recinto también.
___________
Fuera de la cueva, el frío aumentó a
medida que pasaron los días. Los vientos soplaron y arreciaron las lluvias.
Algunas plantas perdieron las hojas, otras no. Hombres y animales continuaron
realizando las actividades que los mantenían con vida. Más tarde, el frío cedió
y el aire se volvió templado y luego cálido. Entonces los servomecanismos
dispersaron una vez más las esporas por el bosque. La mayoría germinó, algunas
completaron su ciclo de vida. Cuando la temporada de calor llegaba a su fin,
unas pocas criaturas despertaron del sueño vegetal. Algunas anduvieron por el
bosque hasta marchitarse; otras fueron atacadas por animales herbívoros que las
devoraron; unas pocas tuvieron fugaces encuentros con los hombres. Una vez que
sus órganos esféricos y rosados estuvieron rebosantes del líquido lechoso que
emanaba de las protuberancias de los hombres, una compulsión irresistible
arrastró a las criaturas a lo profundo del bosque. Allí, los servos las estaban
esperando.
___________
En el recinto excavado en la roca
subterránea, las luces se encendieron. Las máquinas comenzaron a zumbar. En el
centro del recinto, el extremo en forma de pétalos del cono que surgía de la
pared del fondo adquirió una tonalidad rojiza. El aire parpadeó. Delante de los
pétalos apareció un diminuto círculo opalescente que empezó a crecer hasta que
su diámetro abarcó la altura del recinto.
Un objeto vagamente rectangular, de
aspecto plomizo, brotó del círculo cerca del piso. Tenía un lado plano (el
inferior), un lado curvo (el superior), un lado semicircular (el anterior) y un
lado inobservable que estaba en contacto con el círculo opalescente. El objeto
creció, primero en profundidad, luego en altura, avanzando hacia la entrada del
recinto. Resultó ser una bota que se apoyó en el piso del recinto. Del círculo
emergieron la pierna, la rodilla y el muslo que eran la continuación de la
bota. Junto al muslo apareció una mano enguantada, seguida por el resto de una
figura humana. Una segunda mano, que transportaba un cilindro de metal, salió
del círculo. A la altura del rostro, el traje presentaba un visor ahumado.
La figura humana caminó resueltamente
hacia la consola. Apretó un botón y de inmediato se abrió uno de los
compartimientos empotrados en la pared. Sacó el cilindro que había dentro del
compartimiento y dejó en su lugar el cilindro que traía consigo. Apretó de
nuevo el botón y el compartimiento se cerró. Luego giró una perilla y se abrió
otro compartimiento. Adentro había placas de circuitos alineadas en posición
vertical. Sacó de uno de los bolsillos del traje varias placas semejantes a las
que había dentro del compartimiento. Reemplazó una a una éstas por aquellas.
Guardó las reemplazadas en el mismo bolsillo. Movió la perilla y el
compartimiento se cerró de inmediato.
Se paró ante el círculo opalescente.
Adelantó la mano derecha hasta atravesar el círculo. La mano no salió por el
otro lado. El resto de la figura humana fue desapareciendo en el círculo.
Después de un momento, las luces y las máquinas se apagaron. Todo quedó en
silencio.
© 1985, 2005 Raúl Alzogaray