Aquí se puede leer la segunda parte y conclusión
de “Alrededor de Rigel”, de Robert H. Wilson.
Para
leer la primera parte de este cuento abrir aquí
Me moví como un rayo encendiendo nuestras luces mientras Garth apagaba
el proyector y el motor de gravedad del suelo. El incremento del peso fue
evidente, pero no particularmente desagradable. Tras unos minutos de caminar de
aquí para allá me acostumbré.
A través
de una llave de paso en la pared, Garth llenó un tubo de gas con atmósfera
exterior, y se puso a analizarla con un espectroscopio.
—Podemos
salir —dijo—. Es irrespirable, pero podremos usar los trajes espaciales.
Demasiado flúor. ¡Se comería tus pulmones!
—¿Y los
trajes?
—Afortunadamente
están cubiertos con una pintura de helio-berilio, y el vidrio del casco es del
mismo material. Ni siquiera esa atmósfera puede afectarlo. Supongo que no puede
haber vida en este lugar. Con toda esta arena, tendría que estar basada en
silicio en lugar de carbono... ¡y tendrían que respirar flúor!
Sacamos
los trajes, parecidos a los de buzos, con el cuerpo con una tela metálica y el
casco de metal. Sobre la espalda llevaban un cilindro que suministraba oxígeno.
Los cascos tenían radios, así podríamos hablar entre nosotros incluso en
espacios sin aire. Dijimos algo para probarlas.
—Suerte
que trajeras dos, así no tenemos que explorar en turnos.
—Sí,
estaba preparado para emergencias.
—¿Esperaremos
la luz del día para salir?
—No veo
el motivo. Y estos equipos probablemente se sientan mejor en el fresco. Veamos.
Iluminamos con un reflector a través de una ventana. Había una ligera
pendiente desde la roca en donde descansábamos, luego se extendía la planicie
arenosa. A lo lejos se veían las manchas oscuras que parecían antiguas algas
marinas sobre el lecho seco de un océano, y podría ser peligroso caminar sobre
ellas. El resto parecía arena fina y apretada.
Mi
corazón latía fuerte cuando entramos en la esclusa de aire y cerramos la puerta
interior detrás de nosotros.
—Vamos a
salir ahora —explicó Garth—. Para regresar, será necesario apretar este botón y
esperar que la bomba extraiga el aire venenoso antes de entrar.
Abrí la
puerta exterior y comencé a salir, luego me di cuenta que había una distancia
de un metro y medio hasta el suelo.
—Adelántate
y salta —dijo Garth—. Hay una escala en el interior que tendría que haber
traído, pero sería un problema regresar a través de la esclusa a buscarla. En
casa podemos saltar dos metros y medio, acá regresaremos de alguna forma.
Salté,
fallando en calcular la gravedad ligeramente mayor, y caí de plano. Garth lo
hizo con más éxito, a pesar del gran equipaje que cargaba en una mano.
Bajé
gateando desde la altura y caminé sobre la arena, tratando de acostumbrarme a
la combinación de mayor peso y un traje incómodo. Si caminaba muy pausadamente
estaba bien, pero un intento por correr hundió mi pie en la arena y me frenó
tambaleante. No tenía problemas para ver a través del vidrio de mi casco en
todos los ángulos. De pie sobre la elevación junto al Cometa, con su traje espacial brillando por la luz que salía de las
ventanas, Garth parecía un monstruo metálico, una criatura de un mundo extraño.
Y yo debo haber tenido para él la misma apariencia, una oscura silueta
amenazante contra las estrellas.
¡Las estrellas! Miré hacia arriba y contemplé la visión más
maravillosa de todo el viaje: la Gran Nebulosa de Orión vista desde una
distancia de menos que un centenar y medio de años luz.
Una
enorme cortina luminosa, de cincuenta grados de ancho, podía verla completa
ante mis ojos. El resplandor en el centro era tan fuerte como el sol, luego la
masa entera de gas se extendía sobre el cielo. Todo resplandecía con la luz
verde del nebulio y brillaba con las estrellas detrás. Era increíble, estaba
más allá de las palabras.
Comencé
a llamar a Garth, entonces vi que también miraba hacia el cielo. Durante casi
media hora me quedé contemplando, mientras el borde de la nebulosa se hundía
bajo el horizonte. Entonces su luz comenzó a debilitarse. Al volverme, vi que
el cielo opuesto ya era gris. ¡El amanecer!
¿Por
qué? El sol se acababa de poner. Entonces comprendí. Había pasado una hora
desde que habíamos descendido, y una noche entera tendría apenas dos horas y
media. Si estábamos en la latitud de verano, el período más corto de oscuridad
era bastante natural. Y, sin embargo, todavía era difícil de creer cuando, a
los diez minutos, era tan brillante como la luz de la Tierra sobre la Luna. Más
y más clara se volvía la luz. Las estrellas casi habían desaparecido, el centro
de la nebulosa sólo era un tenue espiral. No había nubes que dieran colores al
amanecer, pero una radiación blanco azulada parecía estar surgiendo en el
horizonte oriental.
Y
entonces, repentinamente, Rigel apareció en el cielo. La luz y el calor me
golpearon como algo sólido, y me aparté. Incluso con mi traje reflejando la
mayor parte de la luz, sentí claramente el calor. El Cometa brillaba como un espejo cegador, así que era casi imposible
ver a Garth sobre la superficie debajo de la nave. Tropezando y protegiendo mis
ojos con una mano, me dirigí hacia él.
Estaba
de pie, erguido, con las manos sobre las viejas espadas lunares de duelo. Había
odio en su voz cuando llegó a mis oídos a través de la radio.
—Dunal,
sólo uno de nosotros regresará a la Luna.
Lo miré con atención. ¿El calor le estaba afectando?
—¿No
sería mejor que entráramos? —dije tranquilo y, en cierta forma, con dulzura.
No
respondió, sólo extendió una de las empuñaduras. Parecía una tontería. En ese
instante, si hubiera querido, podría haberme separado la cabeza del cuerpo.
—Pero,
Garth, viejo amigo...
—Nada de
amigo para ti. Volverás con Kelvar ahora, o lo haré yo. Te estoy dando una
oportunidad deportiva. Uno de tus cortes leves dejará que ingrese el flúor y
será tan mortal como cualquier cosa que haga yo. El que regrese dirá que fue un
accidente mientras hacíamos reparaciones en el espacio. Maldita sea, si no
quieres que te mate donde estás, ven y pelea.
—Garth,
te has vuelto loco.
—He
estado esperando esto desde que te hice dejar la Luna. ¡En guardia!
Con una
ráfaga de odio me lancé sobre él. Trató de retroceder, tambaleó, puso una
rodilla sobre el suelo, luego se arrojó hacia delante con una finta hacia mi
muñeca que evité por una pulgada. Tenía que cubrirme y, a pesar de mí mismo,
con el frío trabajo de bloquear los golpes, mi reticencia comenzó a
desaparecer.
Y así
comenzó una de las batallas más extrañas que el Universo hubiese visto.
Cargando con nuestros trajes y la gravedad extra, giramos el uno ante el otro
bajo el cielo en llamas. Una Rigel blancoazulada se reflejaba en nuestros
trajes y en las hojas de nuestras espadas mientras lanzábamos golpes y nos
defendíamos... ahora cautos, comprendiendo que un toque significaba la muerte.
Mientras ese terrible sol ascendía en el cielo, su calor era casi mareante. El
sudor surgía de cada centímetro de mi cuerpo, mientras, boqueaba en busca de
aire. Y sin embargo continuábamos luchando, dos monstruos de metal reluciente
bajo la gran estrella azul que barría todo hacia su mediodía. Supe entonces que nunca podría matar a Garth. No podría regresar a
Kelvar con su sangre. Sin embargo, si yo simplemente me defendía, tarde o
temprano me alcanzaría. Había sólo una oportunidad. Si pudiera desarmarlo, lo
obligaría a rendirse. Entonces él podría ser razonable, o lo podría llevar a
casa atado.
Comencé
a llevarlo hacia la apertura que quería, pero sin resultados. Parecía decidido
a agotarme. Yo tenía que volver la lucha contra él, o me alcanzaría. Hice una
apertura amplia, contando con esquivar su lenta arremetida. Lo hice, pero él
también se recobró pronto. Una vez más al otro lado, sin un resultado mejor.
Probé otra vez sólo para conseguir un ligero toque en el casco de Garth. Luego
retrocedí, con la guardia baja, y llegó su momento. Su espada se alzó en un
arco resplandeciente y colgó en lo alto durante un momento. Lo tenía. Hubo
chispas por el entrechocar del acero.
—¡Maldito
seas, Dunal! —Dio un largo paso hacia atrás, apenas manteniendo el equilibrio en
la arena. En otra oportunidad le hubiera puesto una zancadilla. Mis oídos
fueron ensordecidos por su rugido:
—Ven y pelea.
Di un
paso hacia delante y hacia el costado, y lo tuve en el sol. Se movió cegado,
tratando de cubrirse con un remolino pero tuve media docena de aperturas para
rasgar su traje. Cuando se movió para tratar de ver, cerré con él otra vez.
Observé sus pies.
Y
mientras observaba, vi algo increíble. Cerca de uno de los pies de Garth la
arena se estaba moviendo. No fue un deslizamiento provocado por su peso...
estaba siendo empujada desde abajo. Apareció un pequeño montículo y, de pronto,
se abrió un agujero y una masa enmarañada como algas marinas se arrastró hacia
su pierna.
—¡Mira,
Garth! —aullé.
No sé
cómo pudo ver a través de ese terrible sol, pero Garth se balanceó a través de
mi guardia distraída con un golpe plano cruzando el vidrio de mi casco. La
fuerza me arrojó al suelo; levanté la vista, aturdido. El vidrio de berilio no
se había quebrado para dejar entrar el aire saturado de flúor, pero Garth
estaba de pie sobre mí.
—Ése fue
tu último truco, Dunal —Su hoja se elevó para matar.
Fui
incapaz de levantarme, pero con una mano señalé el suelo.
—¡Mira!
—grité otra vez, y en ese mismo instante la criatura estaba en torno a los pies
de Garth.
Se
balanceó, cayendo desmañadamente. Tenía que ponerme de pie.
—Corre a
la nave —grité, y me lancé.
—No por
ahí.
Miré
hacia atrás y vi que había corrido en la dirección equivocada. Pero no había
diferencia. En un gran círculo a nuestro alrededor la arena se estaba elevando:
directamente entre nosotros y el Cometa
había una enorme masa marrón verdosa. Estábamos rodeados.
Nos
quedamos de pie observando con atención a las criaturas. Dispersándose en dimensiones
completas, cada una armaba una esfera de alrededor de un metro veinte de
diámetro. En el centro, una masa sólida cuyos contornos eran difíciles de
discernir, y extendiéndose desde allí había un centenar de piernas, brazos,
ramas o lo que fueran, delgados y largos.
Las
criaturas todavía no eran definitivamente hostiles: su círculo, de tal vez un
radio de cincuenta yardas, se hacía continuamente más denso e impenetrable.
Dentro del área cerrada, las únicas ondas que podíamos ver en la arena estaba
dirigiéndose hacia fuera. No debía sorprender un ataque desde abajo, al menos;
solamente uno en masa. Me pregunté si eso podría ser una señal de amistad, si
podríamos persuadirlas de que nos dejaran ir.
Y
entonces el círculo comenzó a cerrarse. Las criaturas giraban sobre sí mismas,
como enormes arbustos rodantes. En ese momento, a la derecha del camino directo
al Cometa, la línea parecía más delgada. Le señalé el sitio a Garth.
—Abrámonos
paso allí y corramos a la nave. Carguemos hacia el medio de esas criaturas
agitando las espadas. —La misma imprevisibilidad de nuestra arremetida nos
llevó a mitad de camino. Luego algo aferró mis piernas desde atrás. Casi caí,
pero logré volverme y cortar, liberándome. Las criaturas del otro lado del
círculo debían haber recorrido las cien yardas en cuatro o cinco segundos. Y el
resto ahora había cubierto la brecha delante. Era desesperante.
Y así
nos quedamos espalda contra espalda, blandiendo las espadas en un círculo de
protección contra nuestros enemigos. Parecían no tener miedo, a pesar de la
destrucción que nuestras armas ejercían sobre ellas, casi nos superaban por el
simple número y peso. Era cuestión de blandir nuestras espadas de aquí para
allá intermitentemente entre sus tentáculos. Contra la luz, los largos brazos
eran de un marrón semitransparente. Nuestras espadas los cercenaban con cortes
limpios. Formadas a partir del silicio predominante en el planeta ¡las
criaturas eran vidrios vivientes!
Durante
tal vez un cuarto de hora estuvimos en medio de ellas, blandiendo las espadas
hasta que pensé que mis brazos desfallecerían, rasgando y cortando a aquellas
que surgían de debajo de los pies y trataban de sujetar nuestras piernas con
sus tentáculos. Si no fuera por los trajes espaciales, deberíamos, para entonces,
haber sido dominados y destrozados en pedazos... y sin embargo no podíamos
esperar que estas prendas las mantuvieran alejadas indefinidamente.
Pero al
fin hubo un respiro. Las mutiladas filas de la vanguardia se alejaron
arrastrándose, y alrededor de nosotros quedó una pequeña área de arena cubierta
por astillas de vidrio. Garth tomó aliento para decir algo. Fue como en los
viejos días en la escuela. Sólo
que esta vez las probabilidades estaban todas contra nosotros. Todavía
estábamos a al menos un centenar de yardas del Cometa, y en nuestro
camino había una sólida pared de criaturas. Incluso si nos liberábamos, podían
seguirnos hasta el objetivo. Y con nuestra limitada fuerza, no podíamos esperar
matarlas a todas. En un minuto o dos nos atacarían de nuevo.
De
alguna forma teníamos que abrirnos camino luchando mientras pudiéramos. Tal vez
estuvieran asustadas. Nos lanzamos ambos hacia el siguiente objetivo. La línea
cedió tal vez una yarda, luego se reforzó, y nos encontramos sumidos en una
espesa nube de humo marrón.
¡Gas
venenoso! Debía ser expulsado de sus cuerpos, a un costo tan grande que lo
tenían como último recurso. A través del ondulante vapor era posible ver a
nuestros oponentes, pero no hicieron ningún movimiento hacia delante. Estaban
esperando que nosotros cayéramos. ¿Suponían que su compuesto podría atravesar
nuestro helio-berilio? Pero no lo hizo. Estábamos seguros.
—Quédate
quieto, Garth —susurré, contando con la radio para trasladar mi voz—.
Dejémosles pensar que estamos muertos, y luego démosles una sorpresa.
—Muy
bien.
Minutos
largos, muy largos... Era de agradecer que no supieran que caer era lo
acostumbrado para un hombre muerto... Lentamente comenzaron a moverse.
Entonces
Garth y yo estuvimos encima de ellos. Saltaron como estupefactas. Abrimos a
golpes de espada nuestro camino a través de la mitad de su masa. El resto huyó,
y comenzamos a correr hacia el Cometa,
rezando para poder alcanzar la nave antes de que pudieran organizarse otra vez.
Mientras, atravesábamos la arena con precipitación salvaje y desesperada.Antes de
que hubiéramos cubierto la mitad de la distancia comenzó la persecución. No fue
un intento de arrastrarnos hacia abajo, sino que dos alas pasaron aislándonos por
el frente. El círculo se cerró en la base del pequeño despeñadero donde estaba
el Cometa.
—Salta
—grité, y me lancé sobre ellas hacia la piedra. Garth caía hacia atrás, pero
atrapé su mano y lo atraje hacia la seguridad. Habíamos ganado. Pero ¿realmente
lo habíamos hecho? Con refuerzos que llegaban desde todas partes, las criaturas
se amontonaban alrededor de la base del escarpado y comenzaban a escalar sus
paredes, aislándonos de la nave. Por separado, nos apresuramos hacia los dos
lados, y las criaturas se retiraron. Pero las que estaban delante ahora se
habían situado en la cima. Retrocedimos y la línea entera avanzó. Pero luego
nos volvimos y corrimos hacia el Cometa.
Fuimos capaces sólo de volvernos y apartarlas con
nuestras espadas. Un momento después otras estaban escalando hacia la nave. Y
la puerta a la seguridad estaba un nivel sobre nuestras cabezas.
Había
sólo una oportunidad. Moviéndonos amenazadoramente, sacamos a las criaturas a
más de tres metros delante de nosotros. Pero una vez que nos volvimos para
correr comenzaron a acercarse otra vez.
—Elévate,
Dunal —dijo Garth resollando.
—No, tú
primero.
Pero en
medio de mis palabras, él casi me arrojó hasta el portal. Me volví para alzarlo
detrás de mí. Estaban alrededor de sus piernas, y una había saltado hasta su
casco. Tenía que haber sabido lo que sucedería.
—Vuelve
con ella —gritó, y cerró de golpe la puerta.
No hubo tiempo para
ayudarlo, para interferir en la forma de expiación que había elegido. Traté de
apartar la vista, pero una suerte de fascinación me mantuvo observando a través
del vidrio. Lo habían hundido hasta las rodillas. Entonces se levantó otra vez,
girando para mantener a las criaturas alejadas en una lucha valiente y
enloquecida. Pero las criaturas sabían lo que era un asesinato. Ahora estaban
alrededor de sus rodillas, ahora subían hasta su cintura con su masa
aplastante. Era sólo cuestión de minutos.
Garth
dio un asombroso paso hacia atrás, arrastrando a todas las criaturas con él.
Estaba de frente a mí, y agitó la espada en el antiguo saludo lunar.
—Buena
suerte, Dunal. —Las palabras, que llegaron con claridad por la radio, tenían un
tono de exaltación.
Luego
blandió la espada sobre su cabeza, y se lanzó en medio de las criaturas. Con un
tremendo esfuerzo, Garth rompió el casco sobre su cabeza y se zambulló desde el
risco...
No había
nada que hacer salvo salir de la esclusa y partir hacia casa, y poca cosa
sucedió en el viaje que valga la pena contar. Sin dificultades insuperables,
fui capaz de operar la maquinaria y dirigirme primero a Betelgeuse, luego hacia
el sol. Contando con las campanas de advertencia para despertarme, me las
arreglé para dormir de a ratos. A veces el cansancio de las largas guardias era
casi insoportable.
Para
cuando el punto medio hubo pasado, estaba viviendo en una suerte de sueño
despierto, o más bien un estado de sonambulismo. Comía; mis manos manejaban los
controles. Y sin embargo todo el tiempo mi mente deambulaba por otros
lugares... hasta el cuerpo de Garth bajo la luz cegadora de Rigel, de regreso a
la Luna y a Kelvar, o en un mundo sombrío de sueños y vagos recuerdos.
Con una precisión
mecánica perfecta ingresé en el sistema solar y ajusté los proyectores para la
atracción del sol. Yendo más y más lento, contemplé a Venus deslizarse a mi
lado. Y luego, gradualmente, todo se desvaneció y estaba caminando junto al
gran puente de Nardos con Kelvar. El océano todavía estaba tan quieto que
podíamos ver reflejadas en él cada blanca columna, nuestros propios rostros
distorsionados, y más allá las estrellas.
—Debería
haberte traído un puñado para tu pelo —le dije, y me inclinaba más, un poco
más, estirándome... Entonces estaba cayendo, con el rostro cada vez más débil
de Kelvar, y en mis oídos un timbre horrible como si el mundo llegara a su fin.
Justo
antes de que golpeara el agua, desperté para descubrir el timbre de la alarma
sonando estridente y la luz del indicador de objetos iluminada. A través del
telescopio, la Luna era lo más grande en el cielo.
Pasó una
hora, tal vez dos, antes de que me aproximara a la superficie iluminada por el
sol y descendiera sobre la orilla junto a Nardos. Mi cuerpo atontado por el
sueño no pudo manejar los controles con la suficiente delicadeza como para
lograr que el Cometa se acomodara a
la rotación de la Luna. Siempre iba un poco demasiado rápido o demasiado
despacio. Me deslicé hacia abajo hasta que estuve a tres o cuatro metros del
suelo que parecía estar moviéndose debajo de mí. En otro minuto debería estar
pasando sobre el agua. Dejé que todo siguiera y el Cometa cayó. Hubo un ruido sordo, un sonido de arrastrarse sobre la
arena, escoró hacia un lado. Pensé durante un instante que la nave iba a
volcar, pero con el peso del mercurio de reserva en los tanques de combustible
se las arregló para enderezarse hasta una inclinación de diez o quince grados.
Desde
ese ángulo apenas podía ver por las ventanas, todo parecía muy extraño. El agua
bajo el puente parecía demasiado baja. El semicírculo de la Tierra tenía
manchas de un negro verdoso. ¿Y el cielo?Estaba tan cansado
por el sueño que apenas podía moverme, pero me las arreglé para estirar mi
cuello para ver mejor. No había cielo, sólo una débil bruma gris a través de la
cual brillaban las estrellas. Y, sin embargo, el sol tenía que estar
resplandeciente. Me extendí todavía más. Allí estaba el ardiente sol, y
alrededor la inconfundible corona. Era como espacio sin aire.
¿Estaba soñando otra
vez?
Con un
estremecimiento, me puse de pie y escalé el piso en pendiente hacia el equipo
que comprobaba la atmósfera. Mis dedos se deslizaron hacia la llave de paso,
girándola. Y la aguja que medía la presión del aire
apenas se movió. Era verdad. De alguna manera, como los científicos nos habían
dicho siempre que pasaría eventualmente, el aire de la Luna, con tan escasa
gravedad que lo retuviera, se había evaporado hacia el espacio.
Pero ¿en seis meses?
Era impensable. Seguramente alguien habría sobrevivido a la catástrofe. Algunos
tendrían que haber sido capaces de mantenerse vivos en cuevas donde perduraran
los restos de la atmósfera. Kelvar tenía que estar viva todavía. Podría
encontrarla y llevarla al Cometa. Iríamos a algún otro mundo.
Con
frenesí, me puse el traje espacial y trepé a través de la esclusa de aire.
Corrí hasta que el voluminoso y pesado traje me hizo bajar la velocidad hasta
un paso tambaleante por la arena junto al Oceanus Procellarum.
Gris y monótono,
el gran mar permanecía inmutable ante la delgada atmósfera que aún quedaba. Se
había retirado por la evaporación lejos de sus playas, y donde el agua había
estado una vez había una oscura acumulación de impurezas. A un lado, había una
enorme planicie blanca de álcali reluciente sin una señal de vegetación.
Proseguí hacia Nardos la Hermosa.
Incluso desde muy
lejos pude ver que estaba desierta. Visibles ahora que el agua se había
retirado, las columnas que la soportaban se elevaban delgadas y esqueléticas.
Habían caído las torres, y el blanco resplandeciente estaba apagado. Era una
ciudad muerta, bajo una tierra de apariencia leprosa con manchas negras.
Cuanto
más me acercaba a Nardos y al puente, más me aproximaba el lugar donde había
visto por última vez a Kelvar. Debajo del viejo nivel del agua, las columnas
mostraban un tinte verdoso, y a medio camino la estructura entera se había
derrumbado. Alcancé el final en el suelo del arco, todavía glorioso y aún
hermoso convertido en ruinas. Bloques enteros de piedra habían caído a la
arena, y las columnas diamantinas estaban agrietadas y desgastadas por la
erosión de las eras.
Entonces
comprendí.
En
nuestra discusión sobre la posible velocidad del Cometa, Garth y yo
habíamos estado ambos en lo correcto. En nuestro marco de referencia, la nave
había alcanzado una velocidad increíble, y cubrió los más de 900 años luz hasta
Rigel en seis meses. Pero desde el punto de vista de la Luna, había sido
incapaz de conseguir una velocidad mayor que la de la luz. Mientras la energía
de aceleración llevaba la velocidad de la nave más y más cerca del límite de
velocidad, la masa de la nave y su contenido se incrementaban hacia el
infinito. Y al intentar moverse trabajosamente con una masa de semejante
tamaño, nuestros relojes y cuerpos se habían hecho más lentos hasta que en
nuestras oscurecidas mentes un año de tiempo lunar se convirtió en el
equivalente de varias horas.
El Cometa
había alcanzado una velocidad promedio de alrededor de 175.000 millas por
segundo, y el viaje que me había parecido de seis meses había tomado un millar
de años. ¡Un millar de años! Las palabras resonaron en mi cerebro. Kelvar
llevaba muerta un millar de años. Estaba solo en un mundo deshabitado desde
hacía siglos.
Me
dejé caer y hundí mi cabeza en la arena.
De
alguna forma, para alcanzar cierta paz mental y con la esperanza de que sea
descubierto, he escrito este relato. Hay dos copias: ésta será ubicada en una
caja de helio-berilio al final del puente, la otra dentro del Cometa. Al
menos una debería ser capaz de eludir así a los meteoros que, sin resistencia
de la débil atmósfera, han comenzado a golpear por todas partes, abriendo
grandes cráteres con la explosión que sigue al impacto.
Mi
tiempo se está acabando. Hay abundante aire en el Cometa, pero mis
provisiones se están agotando. Ha pasado un poco más de un mes desde que
colapsé sobre las arenas en un sueño piadoso, y tengo alimento y agua tal vez
para otro. Pero ¿por qué continuar con mi terrible soledad?
A
veces despierto de un sueño en el cual todos están aquí: Kelvar, Garth, todos
mis conocidos, y durante un momento no me doy cuenta de lo lejos que están.
Años y años. Y yo, pisoteando los restos de nuestra antigua vida, me quedo
contemplando la inmensidad, esperando... ¿qué?
No,
tendré que esperar solamente hasta la oscuridad. Cuando el sol baje tras el
cráter Grimaldi, pondré mis manuscritos en sus lugares seguros, luego me sacaré
el casco y me uniré a los demás.
Hace
una hora, el borde inferior del sol tocó el horizonte.
Tit. orig: Out Around Rigel
Publicado en Astounding Stories, December
1931
Traducido por Luis Pestarini
|