La ciencia-ficción pulp floreció en la primera
mitad del siglo XX. Sus coloridas aventuras fueron la materia de la que se
nutrieron los escritores que hicieron que el género diera un enorme salto
cualitativo en los ’50, pero poquísimos de aquellos textos lograron superar las
limitaciones que imponía el medio. “Alrededor de Rigel” retiene un ingenuo
encanto en la descripción de un viaje a través del universo, con un desenlace
que sorprendió a sus contemporáneos. Aquí se puede leer la primera parte del
relato y una breve presentación.
Tramas sencillas e ingenuas, con abundante acción y personajes cuyos roles estaban claramente definidos, como motivo central una relación romántica que se ve amenazada, y una escritura funcional cuando no áspera y sobreadjetivada, son los rasgos que definen a la literatura publicada por las revistas pulp desde fines del siglo XIX hasta mediados del XX. Vale recordar que el término pulp se refiere al papel barato y rústico, pulpa de madera, en el que estaban impresas estar publicaciones, que tampoco estaban recortadas para emparejar los cantos, lo que les daba un aspecto de gran tosquedad.
La ciencia-ficción fue uno de los varios géneros que tuvieron sus propias revistas pulp, en este caso desde mediados de los ’20 hasta la Segunda Guerra Mundial. Estas publicaciones estaban dirigidas mayormente a una clase obrera crecientemente alfabetizada o a inmigrantes o sus descendientes que llegaban en grandes cantidades desde Europa, con gustos literarios poco sofisticados y un conocimiento de la lengua inglesa todavía incipiente.
Además de un espíritu didáctico muy apropiado para un lector limitado pero con aspiraciones de superación, la ciencia-ficción también ofreció a la ficción pulp dos rasgos distintivos: una imaginación visual que no sólo se plasmó en las coloridas ilustraciones de portadas y en las acromáticas de los interiores, sino también en los textos mismos. Y a esto también se sumó el muy mentado ‘sentido de la maravilla’, que no era otra cosa que el tomar conciencia de la amplitud del cosmos que nos rodea y del lugar del hombre en él.
“Alrededor de Rigel” es un relato ejemplar de ciencia-ficción pulp. Publicado originalmente en 1931 en Astounding Stories, en su momento provocó impacto entre los lectores, tal vez por la mezcla de sentimentalismo y pesimismo, y la alta dosis de ciencia derivada de la aplicación de la entonces novedosa Teoría de la Relatividad. Aunque hoy estos elementos científicos se vean ingenuos, no muy bien interpretados y poco rigurosos, se trató de una derivación sorprendente de la teoría en busca de resolver una trama que, en un sentido opuesto, fue retomada casi medio siglo más tarde por Joe Haldeman en La guerra interminable.
La historia expone, además, numerosos rasgos característicos de este tipo de ficción: personajes de comportamiento adolescente con motivaciones y valores muy sencillos, abundancia de imágenes visuales deslumbrantes, sacrificio personal para resolver una situación crítica, una escritura funcional, a veces torpe, y ¡hasta aparecen alienígenas asesinos que son combatidos con espadas! Junto a estos clichés hay un extensísimo viaje estelar donde la narración se detiene en describir las maravillas del universo. La tecnología de la nave hoy resulta risible, pero tenemos que recordar que cuando fue escrito el cuento estaba comenzando a difundirse la radio, los automóviles comenzaban a inundar las ciudades y el avión de pasajeros tenía un puñado de años de existencia.
Robert H. Wilson, el autor de “Alrededor de Rigel”, era un adolescente de 20 años que había publicado sólo un cuento con anterioridad, “A Flight into Time” (en Wonder Stories, en febrero del mismo año). Tal vez nunca llegó a ver impresa su segunda historia: según Forrest J Ackerman, se quitó la vida ese mismo año. Leído hoy, tres cuartos de siglo desde su publicación, “Alrededor de Rigel”, en su ingenuidad y simpleza retiene gran parte del encanto que supo exhibir en su primera publicación, mostrándose con más pretensiones y logros que los relatos de sus compañeros de ruta de entonces. (L. P.)
Alrededor de Rigel, por Robert H. Wilson
El sol había caído detrás del cráter Grimaldi, pero durante un día el ocaso persistiría sobre el Oceanus Procellarum. El cielo era de un azul brumoso, y sobre las ondas más amplias se balanceaba la Tierra entera. A lo largo de medio mes había pendido sobre el horizonte, su luz oscurecida por el resplandor del sol, agrandándose desde un exiguo creciente hasta un disco completo tres veces tan grande como el sol. Ahora, en el ocaso, era como una gran lámpara plateada pendiendo sobre Nardos, la Maravillosa, la Ciudad Construida sobre el Agua. La luz resplandecía sobre las grandes torres blancas, sobre el puente de diamante de quince kilómetros que unía Nardos con la orilla e iluminaba la playa donde estábamos con un resplandor diurno.
—Una vez más, Garth —dije—. No manejo ese movimiento todavía.
La piel de mi pecho desnudo todavía escocía por el golpe de su florete de esgrima de madera. Si hubiera sido una auténtica espada lunar de duelo de dos manos, con su terrible masa detrás de la hoja curva, el golpe hubiera producido un corte hasta el hueso. Siempre era igual, dado que Garth y yo habíamos hecho esgrima desde niños con ramas retorcidas. Espalda contra espalda, podíamos enfrentar a toda la escuela, pero nunca había tenido una oportunidad contra él. Tal vez una oportunidad en diez...
—¡En guardia!
Las espadas plateadas giraron bajo la luz de la Tierra. Lo rasguñé en una muñeca, y tuve que agacharme para eludir su salvaje arremetida sobre mi cabeza. Las hojas de madera ahora estaban bloqueadas sobre nuestras cabezas. Cuando él dio un paso hacia atrás para liberarse, me lancé y enganché su arma. En una hermosa parábola, la espada de Garth cayó al agua mientras él se derrumbaba sobre la arena tomándose su muñeca derecha.
—No entiendes el combate, Dunal. Si has quebrado mi brazo en la víspera de la competencia...
—Ni siquiera es un esguince. Tus muñecas son débiles. Y supongo que tú siempre has sido considerado conmigo ¿no? ¡Tres costillas quebradas!
—Por medio centavo...
Se puso de pie, entonces llegó Kelvar y puso una mano sobre su hombro. Hasta hacía unos minutos, ella había estado nadando, contemplándonos. La luz de la Tierra resplandecía sobre su piel blanca, todavía ligeramente húmeda, y brillaba en centelleos azules gracias a las piedras preciosas del traje de baño que llevaba puesto.
Cuando tocó a Garth y él sonrió, desee partirle su oscura cara y luego recibir el castigo que me mereciera. Sin embargo, si ella lo prefería... Y nosotros éramos amigos desde antes de que ella naciera. Le tendí la mano.
—Pase lo que pase, Garth ¿seguiremos siendo amigos?
—Pase lo que pase.
Nos apretamos las manos.
—Garth —dijo Kelvar—, está oscureciendo. Muéstranos tu nave antes de irte.
—Muy bien. —Siempre había sido así: un minuto dominado por una furia oscura, al siguiente perfectamente amigable. Ahora nos conducía por un camino hacia un risco sobre el mar.
—Allí —dijo Garth— está el Cometa. Nuestro paso más osado para conquistar distancias. Una vez que lo pruebe, podremos ir en un año hasta el fin del universo. Pero, para empezar ¿qué les parece un paseo de mil años luz hasta Rigel en seis meses? —sus ojos estaban encendidos. Luego se calmó—. ¿Hay algo que pueda mostrarte?
Nota del editor: el manuscrito del cual presentamos esta traducción fue descubierto por una expedición a la Luna hace tres años. Fue hallado en una caja junto a los últimos restos de las ruinas del gran puente mencionado en el texto. Su traducción definitiva es un tributo tanto a la capacidad filológica de la Tierra como al maravilloso diccionario proporcionado por Dunal, el lunar. Las estrellas y lugares en la Luna mantendrán sus tradicionales nombres terrestres; las medidas de tiempo, peso y distancia fueron reducidas, en números redondos, a sus equivalentes terrestres. De Cometa, la nave espacial descripta, no se encontró ningún rastro. Debe estar enterrada en alguno de los centenares de cráteres lunares, como resultado, tal como algunos astrónomos sospechan desde hace mucho tiempo y verifica la historia de Dunal, del enjambre de meteoritos que golpeo a la Luna desprotegida y sin aire.
Había visto al Cometa antes, pero nunca desde tan cerca. Con el casco de un helio-berilio reluciente, la nueva aleación inactiva de metal y gas, la nave era un cilindro de siete metros de largo por cinco de diámetro, mientras que una nariz se extendía otro metro y medio a ambos extremos. En cada punta había lentes telescópicas fijas, mientras que encontramos ventanas a los lados y en la parte superior, todo realizado, nos informó Garth, de otra aleación casi tan fuerte como la variedad opaca. A medio camino de cada extremo había cuatro ‘aletas’ que servían para suministrar fuerza motriz a la nave. Una luz interior mostraba que la cabina era una habitación sencilla, de tres metros de altura en el centro de su techo cilíndrico.
—¿Cómo sabes que ésta será la parte inferior? —pregunté, dando a la nave un empujón para hacerla rodar. No se movió. Garth rió.
—Quinientas libras de mercurio y los desintegradores están bajo ese piso, mientras que para el espacio tengo un motor auxiliar de gravedad.
“Mira, desde que tus amigos matemáticos derivaron sus fórmulas idénticas para la gravedad y el electromagnetismo, mi trabajo ha sido muy fácil. Como sabes, la caída de un cuerpo sigue la línea de menor resistencia en un campo de distorsión de espacio provocado por la masa. Curvo el espacio en otro campo semejante por medios electromagnéticos, y Cometa sigue el camino. Trabajando con los desintegradores de mercurio a máxima energía, puedo conseguir una aceleración de trescientos kilómetros por segundo, lo cual lleva la velocidad en el punto medio de mi viaje a casi cuatro mil veces la de la luz. Entonces tendré que comenzar a desacelerar, pero a la velocidad promedio el viaje llevará sólo unos seis meses.
—Pero ¿cómo se puede soportar esa aceleración? —preguntó Kelvar.
—He pasado por ella y no sentí nada. Con los gases de combustión empujando la nave debería ser insoportable, pero mi campo gravitacional atrae al ocupante del Cometa tanto como a la nave misma.
—¿Estás seguro —interrumpí— de que tienes suficiente energía para mantener la aceleración?
—Fácilmente. Hay dos tercios de margen de seguridad.
—¿Y has considerado que puede llegar a ser difícil de frenar? Conoces el incremento de la masa con la velocidad. No puedes aplicar una mitad de la teoría de la relatividad sin la otra. Y lo que midieron en realidad fue el incremento de peso de un electrón.
—El electrón nunca lo supo; todo es una cuestión de puntos de referencia. No puedo seguir las matemáticas, pero sé que desde el punto de vista del electrón, éste mantuvo exactamente el mismo peso. Todo lo demás no tiene sentido.
—Bien, puede haber una falla en el razonamiento, pero hasta donde hemos descubierto, nada puede viajar más rápido que la luz. A medida que te acercas a su velocidad, la masa se va incrementando, y con eso la cantidad de energía requerida para un nuevo incremento en la velocidad. A la velocidad de la luz, la masa sería infinita, y no hay energía infinita que pueda lograr que vaya más allá.
—Tal vez sea así. No tomará mucho descubrirlo.
Habían comenzado a aparecer algunas de las estrellas más brillantes. Sólo podíamos ver el paralelograma de Orión, con la roja Betelgeuse en una esquina, y del otro lado Rigel, centelleante como un diamante azul.
—Mira —dijo Garth, señalándola—. Dentro de tres meses, allí es dónde estaré. El primer hombre que se atrevió a navegar entre las estrellas.
—Sólo porque no quieres que alguien comparta la gloria y el peligro.
—¿Por qué debería hacerlo? Pero tú no irías, de todos modos.
—¿Me dejarías?
Lo tenía.
—Eso depende de ti. El Cometa puede llevar a tres o cuatro personas, y tengo provisiones abundantes. Si realmente quieres aprovechar la oportunidad...
—No será la primera que hemos aprovechado juntos.
—Muy bien. Comenzaremos en diez minutos. —Entró en la nave.
—No vayas —susurró Kelvar, ingresando en la sombra del Cometa—. No le contaré nada, pero no vayas.
—Tengo que ir. No puedo retirar mi palabra. Pensará que tengo miedo.
—No tienes derecho a hacerlo.
—Garth es mi amigo y voy con él.
—Muy bien. Pero yo no quiero que lo hagas.
Desde el interior llegó el tronar de los motores.
—Kelvar —dije—, no estabas preocupada cuando iba Garth solo.
—No.
—Y hay menos peligro con dos para estar atentos.
—Lo sé, pero sin embargo...
—¿Tienes miedo por mí?
—Tengo miedo por ti.
Mi brazo se deslizó alrededor de ella, en la sombra.
—¿Y cuando regrese, Kelvar, nos casaremos?
Me besó en respuesta. Entonces apareció Garth en el portal del Cometa.
—Dunal ¿dónde estás?
Nos separamos y salimos de las sombras. Subí por la rampa hasta la puerta. Kelvar me saludó con un gesto, y yo le respondí. Luego la puerta se cerró con un sonido metálico. Sentado ante el tablero de control en la parte delantera del cuarto, Garth sostenía el interruptor de los dos proyectores.
—Subiré ambos —aulló sobre el rugir de los generadores. Sus manos se balancearon y el ruido murió, pero no pareció suceder nada. Me volví para mirar afuera por la pequeña ventana en la puerta.
Muy abajo, pude ver durante un momento la ciudad de Nardos con su gran puente blanco, y una mota que podría ser Kelvar. Luego sólo estaba el océano, reflejando la luz de la Tierra, haciéndose más y más pequeño. Y entonces salimos de la atmósfera hacia la luz deslumbrante del sol y un millar de estrellas. A medida que continuábamos subiendo, la luna apareció en cuarto creciente con estrellas a su alrededor. Entonces Garth llevó la energía hacia delante.
—Podrías acostarte —me dijo—. No pasará nada interesante hasta que salgamos del sistema solar y pueda alcanzar la velocidad real. Tomaré la primera guardia.
—¿En cuánto tiempo tengo que levantarme?
—Dieciocho horas deberían alcanzar. Si tienes otra preferencia...
—No, eso estará bien. Y supongo que podría dormir algo ahora.
No tenía sueño, sólo estaba un poco aturdido por la aventura. Puse algunas cosas en el piso junto a una de las ventanas y me eché, apagando la luz. A través de una ventana superior la luz del sol se deslizaba para caer en torno a Garth y su tablero de instrumentos, en un resplandor glorioso. Desde mi ventana podía ver la Tierra y las estrellas titilantes.
La Tierra era más pequeña de lo que nunca antes la había visto. Parecía moverse lentamente hacia atrás, e incluso más rápido hacia la fase cambiante. Cerré mis ojos y, cuando los abrí otra vez, aún dormido, el área brillante era perceptiblemente más pequeña. Si pudiera quedarme despierto el tiempo suficiente, estaría otra vez en fase creciente. Si pudiera quedarme despierto... pero no pude.
El repiqueteo de los platos mientras Garth preparaba el desayuno me trajo a la conciencia. Me puse de pie tímidamente.
—¿Cuánto dormí?
—Veinte horas de un tirón. Parecía que podrías haber seguido así eternamente. Es la falta de perturbaciones que indican el tiempo. Me pasará un poco lo mismo una vez que estemos fuera del sistema solar.
Con un sándwich en una mano, me pregunté por la nave. Era tranquilizadoramente sólida y concreta. Y sin embargo estaba faltando algo.
—Garth —pregunté— ¿qué se hizo del sol?
—Pensé que querrías saber eso —me llevó hasta el telescopio trasero.
—Pero no veo nada.
—Todavía no lo has captado. Mira la estrella amarillenta en el borde de la constelación de Escorpio. Es ése.
Me sofoqué involuntariamente.
—Entonces ¿a cuánto nos hemos alejado?
—Encendí la aceleración completa hace unas quince horas, cuando pasamos Neptuno, y hemos recorrido treinta mil millones de millas... trescientas veces la distancia entre la Luna y el Sol, pero sólo la mitad del uno por ciento de un año luz.
Me quedé sin palabras, y Garth me llevó hacia el tablero de control. Señaló el instrumento de aceleración, ahora elevado hasta su última muesca; también me mostró los diales que usábamos para cambiar nuestra dirección.
—Sólo mantén esa estrella en la mira. Es Pi Orionis, un poco fuera de nuestro curso, pero un buen objetivo dado que está a sólo veinticinco años luz de distancia. La mitad de la luz es desviada sobre esta pantalla, con una delicada célula fotoeléctrica en su centro. En el instante en que la luz de la estrella se desliza afuera, comienza una transmisión que enciende aquí una lámpara roja, y en un minuto suena una campanilla de advertencia. Ese indicador de allí arriba muestra si nos aproximamos a algún cuerpo. Funciona por la interacción del campo gravitatorio del objeto con el de mi proyector, y podemos pulverizar algo manejable en nuestro camino. ¿Seguro que has entendido todo?
Todo parecía claro. Entonces noté en la parte superior tres diales como relojes: uno para registrar los días, otro para marcar las velocidades de la luz, y el tercero para señalar los años luz recorridos.
—No pueden funcionar realmente —dije—. No tenemos forma de comprobar nuestra velocidad con el espacio exterior.
—No directamente. Está conectado mediante engranajes con un mecanismo de relojería para representar una estimación basada en la aceleración. Si tu teoría es correcta, entonces los diales están todos equivocados.
—¿Y cuánto tiempo esperas continuar sin saber la verdad?
—Hasta que debamos estar en Pi Orionis. A las dos semanas y los veinticinco años luz según los diales, si no estamos allí regresaremos. Según tu estimación no deberíamos haber recorrido ni siquiera un año luz. ¿Algo más?
—No, creo que puedo arreglármelas.
—Despiértame si algo va mal. Y ten cuidado con las estrellas oscuras —Luego me dejó al mando. En cinco minutos dormía y la nave estaba en mis manos.
Durante cuatro horas no sucedió nada. Sin necesidad de mi control, la nave avanzaba directamente hacia delante. Podía levantarme y caminar por ahí, con un ojo atento al tablero, nunca destelló una luz de peligro. Pero no me confiaba, y volvía para mirar a través del vidrio.
Las estrellas eran increíblemente brillantes y limpias. Justo delante estaban Betelgeuse y Rigel, y la gran nebulosa de Orión un poco más allá. No parpadeaban, pero cada estrella era un brillante y estable punto de luz. Y si los indicadores de Garth estaban en lo cierto, nos dirigíamos hacia ellas a setenta y siete veces la velocidad de la luz. Si estaban en lo correcto... ¿Cómo se podría saber, antes de que hubiesen pasado dos largas semanas?
Pero antes de que pudiera comenzar a pensar en algún plan, mi atención fue atrapada por una lámpara roja que resplandecía en el panel. Presioné el botón de desactivación antes de que sonara la alarma, luego comencé a buscar el cuerpo con el que estábamos en peligro de colisión. Los indicadores de posición señalaban directamente hacia delante, pero no pude ver nada. Durante diez minutos observé a través del telescopio, pero no hubo señal alguna. Los diales indicaban que había algo a un grado a la derecha, pero demasiado cerca. En cinco minutos más me balancearía y daría a lo que fuese un amplio rodeo.
Miré otra vez. En un ángulo entre las retículas ¿no había un ligero resplandor? Pronto se hizo más claro. Aparentemente un cometa, la nave y el cometa corriendo el uno hacia el otro. A cada instante se volvía más grande, precipitándose hacia delante. ¿Chocaríamos?
Llevé los diales un poco hacia arriba y bien a la derecha, pero todavía daba miedo. La otra luz continuaba avanzando: habíamos salido de nuestro curso por la atracción del cometa. Bajé la nariz, pasé al otro lado en busca de un camino libre, entonces la enderecé hacia arriba mientras el dial de distancia lateral daba un gran salto. Si bien la esfera gaseosa, sin cola que marcara su curso por estar lejos del sol, se vio tan grande como toda la Tierra, el peligro había pasado.
Mientras observaba, el cometa se desvaneció del espectro del telescopio. Tal vez fueron cinco minutos con la luz roja de peligro titilando todo el tiempo. Entonces, con un pálido destello pasó delante de las ventanas de la derecha.
Garth se levantó repentinamente.
—¿Qué sucedió? —aulló
—Sólo fue un cometa. Me las arreglé bien.
Se serenó, habiéndose despertado apenas, y volví al tablero nuevamente. La luz de peligro se había apagado, pero el indicador de dirección estaba encendido. La aproximación al cometa nos había sacado de curso por varios grados. Enderecé la nave fácilmente, y sólo tuve un poco más de dificultad en detener un movimiento de balanceo. Luego otra vez las horas vacías de contemplación, mirando las estrellas.
Precisamente hacia el final de las dieciocho horas despertó Garth, como si la consumación de una cantidad de procesos internos hubiese regulado un pequeño reloj alarma en su cerebro. Llevábamos cuarenta y una horas afuera, con una velocidad, según el indicador, de ciento veintiocho veces la de la luz, y una distancia total cubierta de ligeramente un cuarto de año luz. Algo bastante exiguo comparado con los 466 años luz que teníamos que hacer. Pero cuando volví a mirar por el telescopio trasero, las estrellas familiares parecían haberse apiñado un poco, y el sol no era más brillante que un gran número de ellas.
Dormí como un tronco, pero desperté un poco antes de lo que me correspondía.
Exactamente según lo programado, catorce días y algunas horas después de la partida, pasamos ante Pi Orionis. Por entonces ya no tenía ninguna duda de que, cualquiera fuera la explicación, nuestra aceleración se había mantenido constante. En las últimas horas la estrella adquirió el brillo del sol, luego otra vez perdió intensidad hasta que no fue más brillante que Venus ¡Venus! Nuestro propio sol sólo había sido una pequeña mota en el telescopio trasero hasta que un cambio en nuestro curso lo dejó fuera del campo de visión.
A sesenta y cinco años luz, luego de veintitrés días, Beta Eridani casi estaba directamente en nuestro camino hacia Rigel. Estábamos a ligeramente menos de un tercio de la distancia del punto medio, en alrededor de la mitad del tiempo. Pero nuestra velocidad todavía se estaba incrementando 200 millas por segundo, casi cuatro veces la velocidad de la luz en una hora. Nuestros relojes continuaban con una monotonía no por completo desagradable.
No había una estrella que marcara la mitad de nuestro viaje. Solamente, hacia el cierre de una de mis guardias, una luz azul que nunca había notado apareció junto a los diales de los indicadores, y vi que habíamos cubierto 233 años luz, la mitad de la distancia estimada a Rigel. El indicador de velocidad señalaba 3975 velocidades de la luz. Desperté a Garth.
—Podrías haberlo hecho tú mismo —se quejó, medio dormido—, pero supongo que es mejor así.
Se dirigió hacia el tablero y comenzó a calentar el proyector trasero de gravedad.
—Lo desconectaremos mientras el otro continúa encendido. Que cada uno tome un control, y avancemos una muesca a la vez. —Comenzó el conteo—: Uno, dos, tres...
A la cuenta de doce, mi dial llegó a cero, el suyo subió a la máxima desaceleración, solté mi interruptor. Garth movió bruscamente una palanca sobre los indicadores. Aunque nada pareció suceder, comprendí que el dial de velocidad se movía lentamente hacia atrás, y el de distancia avanzaba más despacio. Mientras trataba de ver el movimiento, Garth volvió a la cama. Me volví otra vez hacia el vidrio y miré hacia Rigel, en el centro de la mira, y a Kappa Orionis, a la izquierda, y la gran nebulosa que se extendía sobre una cuarta parte de la visión con sus tenues serpentinas gaseosas.
Y así atravesamos el espacio, con Rigel adelante como una gran gloria azul, y estrellas nuevas, invisibles a mayores distancias, titilando delante de nosotros y desvaneciéndose más tarde cuando las pasábamos. Durante un largo tiempo habíamos sido capaces de ver que Rigel, según se infería de la evidencia espectroscópica, era una estrella doble: una compañera más débil, de un azul verdoso, giraba con la otra alrededor de un centro común de gravedad. Más allá de Kappa Orionis, a trescientos años luz del sol, el espacio entre las dos era muy evidente. Más allá de los cuatrocientos años luz, el brillo de la enorme estrella era tan intenso que, en comparación, oscurecía a todas las otras estrellas, y hacía que la nebulosa pareciera una gasa tenue y traslúcida. Incluso con el cambio gradual, nuestra llegada fue una sorpresa.
Cuando concluí mi guardia, Garth parecía insatisfecho con nuestro progreso.
—Debe estar más lejos de lo que nos imaginábamos. No nos movimos de veinticinco veces la velocidad de la luz, y será más lento una vez de que lleguemos para ponernos en órbita.
—Habría dicho que estaba más cerca de lo estimado —traté de argumentar, pero estaba demasiado cansado para recordar mis razones. Me apoyé sobre un codo, miré alrededor y hacia las estrellas. Había una brillante salpicadura de luz, noté, donde el telescopio concentraba la radiación de Rigel sobre una mota en la pantalla. Me dormí, y poco después Garth me estaba gritando en la oreja.
—¡Ya llegamos!
Abrí los ojos, parpadeé y los cerré nuevamente ante el resplandor.
—He dado tres o cuatro vueltas tratando de bajar la velocidad. Aquí estamos, y hay un planeta donde descender.
Al fin la pude ver. A través de la ventana opuesta a mí, Rigel era un disco blanco azulado de la mitad de tamaño del sol, pero más brillante, con una estrella compañera que parecía su débil reflejo 5 o 10 grados a un lado. Y todavía más allá, cuando me cubrí los ojos, pude ver sumergido en la oscuridad una mota con el inconfundible resplandor de la luz reflejada.
Con ambos proyectores de gravedad listos, salimos de nuestra órbita y nos dirigimos directamente hacia el planeta, dejando que la atracción de Rigel luchara contra nuestra todavía tremenda velocidad. Durante un rato, la tracción de la gran estrella fue casi abrumadora. Luego logramos liberarnos e ingresar en el campo gravitatorio del planeta. Bajamos en espiral, buscando un lugar para descender y tratar de compensar nuestra velocidad con su velocidad de rotación.
Según observaciones bastante poco confiables, el planeta parecía mucho más pequeño que la Luna y, sin embargo, tan denso como para tener una atracción gravitacional mayor. La atmósfera estaba libre de nubes, y la superficie era una árida extensión de arena. El globo giraba a un promedio que podría dar un día de aproximadamente cinco horas. Descendimos en ángulo, eligiendo un sitio justo dentro del área iluminada.
El descenso era factible. Mientras atravesábamos la atmósfera, pudimos ver que la arena, aunque manchada con sombras oscuras aquí y allá, era comparativamente lisa. En un punto había una roca que sobresalía del nivel, y sobre ella bajamos. Fue una tarea difícil, observando a través del único pequeño orificio en el piso mientras descendíamos. Finalmente la visión fue demasiado pequeña para ser de alguna utilidad. Corrí hasta la ventana lateral, sólo para descubrir que mis ojos eran cegados por el resplandor de Rigel. Entonces descendimos, y casi en el mismo momento se puso Rigel. A medias cubierta por la estrella más grande, la débil compañera había estado oculta en su resplandor. Ahora, en el ocaso, un extremo de ella colgó como un fantasma en el horizonte, y luego también desapareció.
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