A
fines de los años cuarenta, el brillante Alan Turing abordó la investigación de
la inteligencia artificial. Sentó bases teóricas, entre ellas la posibilidad de
distinguir una máquina de un cerebro humano —el conocido “test de Turing”—. A
poco más de cincuenta años los ordenadores han invadido y sustituido nuestro
hábitat, como el Tlön borgiano. Los otrora sencillos actos cotidianos –las
compras en el almacén, los trámites bancarios- ya no se conciben sin un soporte
electrónico; no se avisora un horizonte para la expansión de la inteligencia
artificial y el ciberespacio.
Ni Julio Verne ni H.
G. Wells pudieron conjeturar este presente. Su imaginación los llevó a
extrapolar, desde lo conocido, futuros probables, mucho más en el caso del
francés (“il invente”, profería fastidiado cuando le contaban de un nuevo
argumento de Wells). Desde entonces la ciencia-ficción vislumbró todos o casi
todos los mundos posibles... con excepción del ciberespacio. Heinlein, Asimov,
Sturgeon, Ballard y decenas de autores más, construyeron tiempos y espacios
alternativos, acudiendo a atajos teóricos y a veces forzados como el
hiperespacio para vencer las dificultades que les interponía la física einsteniana.
Pero sólo cuando los ordenadores —originariamente del tamaño de una habitación—
pasaron a integrar el mobiliario hogareño, la ciencia-ficción los convocó a
integrar sus filas. William Gibson fue el primer gran divulgador del
ciberespacio como nuevo escenario de la ciencia-ficción. Ahora el contexto es
diferente1: conservando la viejas temáticas de los viajes espaciales
(“¿acaso hay algún viaje que no lo sea?” diría Borges), el traslado en el
tiempo, los robots, los escritores han incorporado las variables que les brinda
la tecnología contemporánea. Entre los narradores que con cuentagotas son
traducidos al español, Greg Egan, Ted Chiang, Mike Resnik, han aportado
magníficas colecciones con el sabor de la edad de oro y la técnica
contemporánea.
Los
cuentos de Bisson reúnen esas características. Entre los veinte que componen
esta selección aparecen inteligencias artificiales: en las profundidades
abisales del nuevo espacio existe “vida”, habitantes nativos como los esforzados
protagonistas de “Amoríos de oficina” luchando por su autonomía, o exploradores
llegados del exterior que se sumergen en sus laberintos como sucede “En la
Ultima Estancia”. Bisson acude al humor satírico, como en “El show de Joe”. En
“Él quería a Lucy” hace referencias explícitas a fundamentos teóricos: evoca el
test de Turing. No faltan recorridos por otros territorios ajenos a nuestro
tiempo y espacio como los pintados en “Necronautas” y “La curva del muerto”.
Varios relatos incursionan en temáticas
clásicas. Con variables sobre el tiempo, algunas muy originales, juegan “Dos
chicos del futuro”, “Palabra de boy scout”, “No hay muertos”, “10:07:24”,
“Incidente en Oak Ridge”. No podían faltar los extraterrestres, como los que
nos analizan con cierta repugnancia en “Son todo carne”.
Dos de los mejores relatos, multipremiados,
fueron anticipados por Cuásar: “Cuando los osos descubrieron el fuego”,
en el número 27 —hace más de una década—, y “macs”, en el número 32, con
interesantes notas biográficas de las que adolece este libro (con la mínima
excepción de unas líneas en la solapa de portada).
Bisson también ensayó
la reescritura de temas clásicos, como “Canción auténtica de la Vieja
Tierra”, una pequeña joyita pese a carecer de novedad, o “El primer fuego”,
otra versión del conocido “Los nueve mil millones de nombres de Dios” de Arthur
Clarke (el final es tan análogo que descarta toda intención de plagio).
El conjunto alberga
humor, nostalgia, sexo en clave de parodia (varios de estos relatos fueron
escritos para Playboy). Todo con escritura formalmente correcta y momentos
de buena altura filosófica o literaria. Su calidad se impuso, por fortuna, a
los tontos prejuicios editoriales que dicen que las colecciones de cuentos no
venden y por ello prefieren publicar decenas de novelas, muchas de ellas mediocres.
Como
aquellos Bradbury, aquellos Sturgeon, Bisson tañe las campanas de la maravilla,
deslumbra con fuegos de artificio y agrada tanto a los viejos gourmets
como a los recién arribados al mundo de la ciencia-ficción.
Cuando los osos descubrieron el fuego (In the
upper room and other likely stories, 2000), por Terry Bisson. Madrid: Alianza,
2007. 299 p. (Runas) Traducido por Pepa Linares. 18,50 € (España); $ 113,-
(Argentina)