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¿Qué es Cuasar?

Cuasar es una revista de ciencia ficción y fantasía que se publica desde 1984 en Buenos Aires, Argentina. En sus páginas se pueden encontrar cuentos, ensayos, informaciones y comentarios bibliográficos, inéditos en español, de los grandes maestros del género y de las nuevas voces.

No tiene fines de lucro pero se realiza según criterios profesionales. Está abierta a la colaboración de los lectores; las contribuciones no son retribuidas económicamente. Los autores retienen la totalidad de los derechos sobre su obra.

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Literatura Fantástica


 
EL AUTÓMATA, DE RICARDO BERTONI
Publicado el Sábado, 09 febrero a las 21:01:31
Cuentos

La ciencia-ficción argentina encontró un medio natural de difusión en los ’50, con la  revista Más Allá y sus sucesoras, pero hay numerosos relatos del género dispersos en libros y revistas populares que aparecieron previamente. Su localización es dificultosa pero importante para darle forma a una tradición que tiene antecedentes tan lejanos como 1816. “El autómata” fue publicado en la revista Leoplán en 1945, y nunca vio una reedición. Nada pudimos descubrir sobre su autor, Ricardo Bertoni, quien aparentemente nunca llegó a publicar un libro, al menos bajo este nombre.



EL AUTÓMATA, por Ricardo Bertoni

 

Haciendo oído sordo a los lamentos que llegan por el corredor, les contaré a ustedes, punto por punto, los últimos hechos de mi vida para que puedan ver palpablemente mi inocencia. ¡Ah, esos gritos que pueblan la atmósfera inmóvil encerrada entre estas cuatro paredes hostiles! ¡Cuántas noches me oprimo la cabeza con ambas manos, para no oírlos, para no enloquecer yo también!

         ¿En qué estábamos? ¡Ah, sí! Iba yo diciendo que el doctor Eduardo Nadle envenenó mi vida. En mi sangre, junto a los glóbulos rojos y blancos, se halla mi odio hacia él, como un tercer elemento que escapará quizá a la investigación del microscopio, pero que existe real y verdaderamente. Esta funesta pasión mía es infinita, inmensa, y hubiérame quizá conducido al crimen, de no colocarme antes entre estas paredes blancas, mi destino burlón y malicioso. El odio tiene mucho de instintivo, mucho de ancestral en su trama; él hacía rugir a nuestros antepasados en la lucha primitiva en la selva virgen, él polarizó todas mis acciones de tal manera que últimamente hasta el más ínfimo de mis pensamientos tendía a satisfacerlo. Si muestro mi corazón como a través de un cristal, no es para que se vuelvan contra mí mis propias palabras, sino para que la sinceridad que manifiesto me ayude a ser creído cuando afirmo que yo no lo maté. ¡Yo no lo maté, lo juro!

         Sé que ustedes son incrédulos y que la verdad les causará aún más extrañeza. ¡Nadle vive! ¡Oh, Dios mío, cómo podré explicar todo esto!...

         Es la nuestra una larga historia que comienza en los días incoloros de la infancia. Nadle y yo éramos del mismo barrio de mi ciudad natal y asistíamos a la misma escuela: allí nos conocimos. Mi aversión hacia él no surgió como una llamarada, sino que se fue incubando lentamente hasta alcanzar su intensidad máxima en los últimos tiempos. Los dos pertenecíamos a la misma clase. De niño ya era yo investigador y estudioso, pero lo que a mí me costaba largas horas de paciencia, Eduardo Nadle lo aprendía en un momento y como si jugara. Su memoria era excepcional y su inteligencia despierta; en cambio, como he podido comprobar después, carecía en absoluto de escrúpulos. ¡Claro que a ustedes los tenía engañados! Pero es necesario que me escuchen a mí, en lugar de prestar tanta atención a las pisadas de los celadores. La posición de su familia era más que desahogada, la mía en cambio era pobre y grandes los esfuerzos que más tarde costaron mis estudios. Mi rival, si mayor trabajo, pronto ocupó el primer puesto en la clase y aunque yo era el segundo, nunca conseguí igualarlo, cuanto menos sobrepasarlo. Él ya era en aquel tiempo hermoso y desenvuelto y se hacía rápidamente simpático con sus modales de niño de casa rica. A pesar de la amarga envidia que alimentaba mi pecho, al principio traté de acercarme a él. Me invitó a su casa, me mostró sus juguetes costosos y sus novelas bien encuadernadas. Debo advertir que ya amaba yo los libros, suspiraba por tenerlos, como una mujer por las joyas.

         Una tarde lo vi dar la lección de piano ante su profesor particular, con una facilidad asombrosa. Ese día llegué a casa medio afiebrado. Al terminar la escuela primaria dejamos de vernos por largo tiempo y ya casi se había borrado de mi memoria su figura, pero estaba escrito que su destino se entremezclaría con el mío como en el agua dos ondas cercanas. El primer día que asistí a la Facultad de Medicina me encontré con que mi antiguo rival sería el compañero de toda mi carrera. Estaba más gallardo de lo que yo hubiera supuesto, se mostró muy contento de verme y desde entonces tuvo para mí el más afable de los tratos. Sin embargo, la rivalidad, la oculta tirantez que se interponía entre nosotros fue en aumento, aunque parecía ser yo el único en percibirla. Él siguió tratándome deferentemente y me llamaba su amigo con la más hipócrita de las sonrisas.

         Atento siempre a vencerlo, llegué a sentir que su presencia me era intolerable, pero lo ocultaba lo mejor posible, salía con él del brazo y actuaba de tal manera que todos nos creían encariñados como dos hermanos.

         Pasaron los años, nos graduamos ambos como alumnos distinguidos y entramos de médicos en el mismo hospital. Entonces, por un instante, viví el único punto azul de mi vida, que pronto volvió a sumergirse en lo negro.

         Se llamaba Inés..., era pequeña y con una larga cabellera oscura; figuraba en el registro como una de las tantas enfermeras. La requebré entre el poco romántico olor de los desinfectantes. A veces me quedaba sobre mis libros pensando en ella, y el alma se me llenaba de melodías como un bosque en primavera. Aprendí a peinarme cuidadosamente y observé el menor detalle de mi vestimenta. Hice todo lo posible por ser correspondido. Para abreviar... ¡La que yo quería que fuese mi esposa se convirtió en amante de Nadle! ¿Comprenden ahora ustedes que lógicamente mi odio debió llegar al paroxismo?

         Desde entonces comencé a meditar mi venganza; sin embargo, yo no soy para nada culpable de su supuesta muerte, como se verá bien pronto.

         Mediando, meditando, llegué a la conclusión de que, si alguien exteriormente igual a Eduardo Nadle ejecutaba un asesinato de tal manera que fuese visto antes con la víctima en circunstancias comprometedoras, mi rival sería condenado. Este pensamiento no fue al principio más que el pábulo de mis sueños de venganza, una venganza puramente cerebral por otra parte.

         Me complacía en imaginar todos los pormenores sin llegar nunca a la acción. Poco a poco la idea se fue apoderando de mí hasta tal punto que comencé a creerla factible. Y así era, en efecto. Para conseguir el criminal exteriormente idéntico a Nadle, pensé en construir un hombre artificial, un autómata, que se le pareciese como un objeto a su imagen en el espejo. Ustedes cabecean y dudan, pero no me sorprende, porque al principio también yo dudaba. Sin embargo, me sumergí en los libros y rebusqué en los estantes de las bibliotecas cuanto se relacionase con mi intento. La idea era perfectamente realizable. ¿No había construido Alberto el Grande un hombre de bronce que se movía y hablaba, abriendo la puerta a los visitantes de su señor saludándolos al mismo tiempo? Era tan extraordinario este autómata, tan verdaderamente humano, que Santo Tomás de Aquino lo destruyó tomándolo por obra del propio demonio. Y sin remontarse mucho, en pleno siglo decimoctavo ¿no construyó el ingenioso Vaucan[1] un ganso artificial que nadaba, comía y hasta digería? Yo me hundí en esta ciencia que disputa al mismo Dios el privilegio de crear nuevas criaturas. ¡Ah! Desde aquel momento comenzó para mí la parte más dulce, más placentera de mi vida, la época del pensamiento convertido en acción y la acción dedicada a mi venganza.

         Me proveí de un hermoso esqueleto, y poco a poco fui construyendo sus músculos con largas fibras disecadas. La labor era lenta. La obra realmente maravillosa fue el cerebro, construí en la caverna del cráneo pequeñas celdillas que comunicaban con los músculos mediante manojos de nervios artificiales. No pretendan que lo describa completamente como en una memoria científica, porque descubriría mi secreto. Nadle me veía ir y venir preocupado y se mostró temeroso por mi salud. ¡Hasta dónde llegaba su falsía! Pero en mi corazón estaba la dicha, una dicha roja si se quiere, que galvanizaba mi cuerpo ahuyentando el cansancio a pesar de quedarme trabajando hasta altas horas de la noche.

         Por fin estuvo listo el muñeco, era una verdadera maravilla y bien podía envanecerme de haberlo creado. Con mis propias manos había modelado su cara como el mejor de los escultores, forrándola con una piel blanca y suave. Inés misma no hubiera podido distinguir a su amante de mi obra. La trama de su cerebro era tan sobrenatural que respondía de inmediato a los pensamientos del mío. Las ondas generadas por mis estados mentales repercutían en lo que podríamos llamar su centro psíquico, convirtiéndose en acción si tal cosa yo ordenaba.

         Así, pues, mi muñeco estaba atado a mis menores imágenes; esto era lo más genial de mi invento, y, de haberlo revelado, hoy sería famoso; en cambio, tomé infinitas precauciones para que nadie pudiese siquiera sospechar su existencia. Entonces realicé los primeros ensayos: el autómata respondió perfectamente. Lo vieron entrar y salir del Hospital saludándolo con deferencia como si fuese el mismo Nadle. Surgieron también incidentes cómicos que me hacían reír con una risa interna, pero no por eso menos gozosa. Vaya un ejemplo: Nadle, que había sido nombrado profesor de la Facultad mediante sus relaciones, avisó a ésta en cierta ocasión por teléfono, que no podría asistir a su cátedra por encontrarse indispuesto. Fue mi muñeco, dictó la clase y la confusión que surgió de ahí, hizo dudar de la salud mental de mi rival. Inés había sido olvidada, mi muñeco la sedujo nuevamente, y digo nuevamente porque bien lejos estaba ella de suponer que la persona con quien salía todas las tardes no fuese Nadle.

         Mi plan era éste: el autómata entraría en la casa de pensión donde vivía la enfermera tratando de ser visto por todo el mundo; una vez en su pieza y después de administrarle un soporífero, la mataría abandonando luego la casa de una manera ostensible. Al día siguiente, ante el cadáver ¿a quién se iba a culpar sino a mi ‘fidelísimo’ amigo Nadle?

         En realidad no sé si yo terminaría por ejecutar mi idea. Al fin y al cabo tengo un corazón humano, e Inés... Se puede suponer que todo no pasaría de simples elucubraciones. Pero los acontecimientos se precipitaron sobre mí desbaratando mis planes y colocándome de pronto en la ridícula situación en que me encuentro.

         Era una tarde fría. Yo estaba en el laboratorio con mi autómata a quien en los últimos tiempos había tomado cierto temor, por su rapidez en ejecutar mis pensamientos. Como tenía la cabeza algo pesada y los ojos lastimados por la luz eléctrica, además de cierto cansancio en todo el cuerpo, me quedé dormido sobre mi silla, al lado del microscopio. ¿Quién puso entonces en mi cerebro aquel sueño? ¿Qué demonio maligno halló placer en destruir de un solo golpe toda mi labor paciente? El hecho es que soñé que mi muñeco me estrangulaba. Apenas tuve el tiempo necesario para despertar sobresaltado. Desde el otro extremo de la estancia embaldosada de blanco y negro, el hombre artificial avanzaba hacia mí. Rápido como una descarga eléctrica comprendí su designio; mi obra, fiel a mi pensamiento, quería asesinarme. Traté de gritar y no pude. Bien sabía yo la fuerza de aquel mecanismo que había construido músculo por músculo. Sentí que actuaba en medio de una pesadilla. Desesperadamente pensé que el autómata abandonase el laboratorio; me así a esta idea como un hombre de una cuerda que encontrase al caer en un abismo. “Vete, vete”, clamaba todo mi cerebro. Mi boca, sin embargo, no articuló una palabra.

         Aquella materia inconsciente, por primera vez, me desobedecía. Todo lo que cuento, apenas llenó el espacio de unos segundos. Continuó avanzando, sonriente y con los brazos abiertos como para un abrazo amistoso. Bien sabía que muy otro era su objeto. Intervenía la fatalidad. Se me erizaron los cabellos y un sudor frío corrió por mi cuerpo. Sobre la mesa, a mi lado, se encontraba la cuchilla que había usado últimamente para mis preparaciones microscópicas; la agarré angustiado sin saber hasta qué punto tendría efecto contra aquella máquina ciega. Cuando se abalanzó sobre mí extendí el brazo y le clavé la hoja en medio del pecho, un poco hacia la izquierda, desesperadamente, ¡Ah, qué horror viví en aquellos pocos instantes! Su cuerpo resbaló por el filo del arma que aún empuñaba mi mano crispada y fue cayendo, cayendo: parecía necesitar un siglo para llegar al suelo. Algo como un líquido caliente y viscoso corrió por mis dedos y perdí el conocimiento.

         Cuando me recobré ya estaba aquí, encerrado entre estas lúgubres paredes; no sé aún cuántos días han pasado; la vida se ha detenido en una larga hora gris. Interrogué a unos y a otros, todos me responden con evasivas...

         Uniendo palabras dispersas conjeturo que ellos creen que yo estaba muy enfermo, “muy cansado por los estudios”, son sus propias palabras... y además, ¡asómbrense ustedes!, que yo no maté a Nadle.

         He explicado todo punto por punto, cabecean escépticamente, me toman por loco. Me quedaban aún dos esperanzas, Nadle vivía y su presencia desbarataría estas patrañas...; además, en la autopsia del supuesto cadáver ya verían ellos que era sólo un muñeco. ¡Dios mío! Aquí está el punto absurdo, incomprensible de mi historia...: la autopsia los reafirmó en su idea primitiva, y Nadle, el miserable, por burlarse de mí, ha desaparecido.

 

Publicado originalmente en Leoplán: magazine popular argentino, Año XII, nº 268 (18 de julio de 1945)



[1] Se refiere a Jacques de Vaucanson (Francia, 1709-1782), ingeniero al que se le atribuye la invención de los primeros autómatas o robots auténticamente sofisticados, y no meros juguetes mecánicos, a partir de 1737.

 
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