Haciendo oído sordo a los lamentos que llegan por el
corredor, les contaré a ustedes, punto por punto, los últimos hechos de mi vida
para que puedan ver palpablemente mi inocencia. ¡Ah, esos gritos que pueblan la
atmósfera inmóvil encerrada entre estas cuatro paredes hostiles! ¡Cuántas
noches me oprimo la cabeza con ambas manos, para no oírlos, para no enloquecer
yo también!
¿En qué
estábamos? ¡Ah, sí! Iba yo diciendo que el doctor Eduardo Nadle envenenó mi
vida. En mi sangre, junto a los glóbulos rojos y blancos, se halla mi odio
hacia él, como un tercer elemento que escapará quizá a la investigación del microscopio,
pero que existe real y verdaderamente. Esta funesta pasión mía es infinita,
inmensa, y hubiérame quizá conducido al crimen, de no colocarme antes entre
estas paredes blancas, mi destino burlón y malicioso. El odio tiene mucho de
instintivo, mucho de ancestral en su trama; él hacía rugir a nuestros
antepasados en la lucha primitiva en la selva virgen, él polarizó todas mis
acciones de tal manera que últimamente hasta el más ínfimo de mis pensamientos
tendía a satisfacerlo. Si muestro mi corazón como a través de un cristal, no es
para que se vuelvan contra mí mis propias palabras, sino para que la sinceridad
que manifiesto me ayude a ser creído cuando afirmo que yo no lo maté. ¡Yo no lo
maté, lo juro!
Sé que
ustedes son incrédulos y que la verdad les causará aún más extrañeza. ¡Nadle
vive! ¡Oh, Dios mío, cómo podré explicar todo esto!...
Es la
nuestra una larga historia que comienza en los días incoloros de la infancia.
Nadle y yo éramos del mismo barrio de mi ciudad natal y asistíamos a la misma escuela:
allí nos conocimos. Mi aversión hacia él no surgió como una llamarada, sino que
se fue incubando lentamente hasta alcanzar su intensidad máxima en los últimos
tiempos. Los dos pertenecíamos a la misma clase. De niño ya era yo investigador
y estudioso, pero lo que a mí me costaba largas horas de paciencia, Eduardo
Nadle lo aprendía en un momento y como si jugara. Su memoria era excepcional y
su inteligencia despierta; en cambio, como he podido comprobar después, carecía
en absoluto de escrúpulos. ¡Claro que a ustedes los tenía engañados! Pero es
necesario que me escuchen a mí, en lugar de prestar tanta atención a las
pisadas de los celadores. La posición de su familia era más que desahogada, la
mía en cambio era pobre y grandes los esfuerzos que más tarde costaron mis
estudios. Mi rival, si mayor trabajo, pronto ocupó el primer puesto en la clase
y aunque yo era el segundo, nunca conseguí igualarlo, cuanto menos
sobrepasarlo. Él ya era en aquel tiempo hermoso y desenvuelto y se hacía
rápidamente simpático con sus modales de niño de casa rica. A pesar de la
amarga envidia que alimentaba mi pecho, al principio traté de acercarme a él.
Me invitó a su casa, me mostró sus juguetes costosos y sus novelas bien
encuadernadas. Debo advertir que ya amaba yo los libros, suspiraba por
tenerlos, como una mujer por las joyas.
Una tarde lo
vi dar la lección de piano ante su profesor particular, con una facilidad
asombrosa. Ese día llegué a casa medio afiebrado. Al terminar la escuela
primaria dejamos de vernos por largo tiempo y ya casi se había borrado de mi
memoria su figura, pero estaba escrito que su destino se entremezclaría con el
mío como en el agua dos ondas cercanas. El primer día que asistí a la Facultad
de Medicina me encontré con que mi antiguo rival sería el compañero de toda mi
carrera. Estaba más gallardo de lo que yo hubiera supuesto, se mostró muy
contento de verme y desde entonces tuvo para mí el más afable de los tratos.
Sin embargo, la rivalidad, la oculta tirantez que se interponía entre nosotros fue
en aumento, aunque parecía ser yo el único en percibirla. Él siguió tratándome
deferentemente y me llamaba su amigo con la más hipócrita de las sonrisas.
Atento
siempre a vencerlo, llegué a sentir que su presencia me era intolerable, pero
lo ocultaba lo mejor posible, salía con él del brazo y actuaba de tal manera
que todos nos creían encariñados como dos hermanos.
Pasaron los
años, nos graduamos ambos como alumnos distinguidos y entramos de médicos en el
mismo hospital. Entonces, por un instante, viví el único punto azul de mi vida,
que pronto volvió a sumergirse en lo negro.
Se llamaba
Inés..., era pequeña y con una larga cabellera oscura; figuraba en el registro
como una de las tantas enfermeras. La requebré entre el poco romántico olor de
los desinfectantes. A veces me quedaba sobre mis libros pensando en ella, y el
alma se me llenaba de melodías como un bosque en primavera. Aprendí a peinarme
cuidadosamente y observé el menor detalle de mi vestimenta. Hice todo lo
posible por ser correspondido. Para abreviar... ¡La que yo quería que fuese mi
esposa se convirtió en amante de Nadle! ¿Comprenden ahora ustedes que
lógicamente mi odio debió llegar al paroxismo?
Desde
entonces comencé a meditar mi venganza; sin embargo, yo no soy para nada
culpable de su supuesta muerte, como se verá bien pronto.
Mediando,
meditando, llegué a la conclusión de que, si alguien exteriormente igual a
Eduardo Nadle ejecutaba un asesinato de tal manera que fuese visto antes con la
víctima en circunstancias comprometedoras, mi rival sería condenado. Este
pensamiento no fue al principio más que el pábulo de mis sueños de venganza,
una venganza puramente cerebral por otra parte.
Me complacía
en imaginar todos los pormenores sin llegar nunca a la acción. Poco a poco la
idea se fue apoderando de mí hasta tal punto que comencé a creerla factible. Y
así era, en efecto. Para conseguir el criminal exteriormente idéntico a Nadle,
pensé en construir un hombre artificial, un autómata, que se le pareciese como
un objeto a su imagen en el espejo. Ustedes cabecean y dudan, pero no me
sorprende, porque al principio también yo dudaba. Sin embargo, me sumergí en
los libros y rebusqué en los estantes de las bibliotecas cuanto se relacionase
con mi intento. La idea era perfectamente realizable. ¿No había construido
Alberto el Grande un hombre de bronce que se movía y hablaba, abriendo la
puerta a los visitantes de su señor saludándolos al mismo tiempo? Era tan
extraordinario este autómata, tan verdaderamente humano, que Santo Tomás de
Aquino lo destruyó tomándolo por obra del propio demonio. Y sin remontarse
mucho, en pleno siglo decimoctavo ¿no construyó el ingenioso Vaucan
un ganso artificial que nadaba, comía y hasta digería? Yo me hundí en esta ciencia
que disputa al mismo Dios el privilegio de crear nuevas criaturas. ¡Ah! Desde
aquel momento comenzó para mí la parte más dulce, más placentera de mi vida, la
época del pensamiento convertido en acción y la acción dedicada a mi venganza.
Me proveí de
un hermoso esqueleto, y poco a poco fui construyendo sus músculos con largas
fibras disecadas. La labor era lenta. La obra realmente maravillosa fue el
cerebro, construí en la caverna del cráneo pequeñas celdillas que comunicaban
con los músculos mediante manojos de nervios artificiales. No pretendan que lo
describa completamente como en una memoria científica, porque descubriría mi
secreto. Nadle me veía ir y venir preocupado y se mostró temeroso por mi salud.
¡Hasta dónde llegaba su falsía! Pero en mi corazón estaba la dicha, una dicha
roja si se quiere, que galvanizaba mi cuerpo ahuyentando el cansancio a pesar
de quedarme trabajando hasta altas horas de la noche.
Por fin
estuvo listo el muñeco, era una verdadera maravilla y bien podía envanecerme de
haberlo creado. Con mis propias manos había modelado su cara como el mejor de
los escultores, forrándola con una piel blanca y suave. Inés misma no hubiera
podido distinguir a su amante de mi obra. La trama de su cerebro era tan
sobrenatural que respondía de inmediato a los pensamientos del mío. Las ondas
generadas por mis estados mentales repercutían en lo que podríamos llamar su
centro psíquico, convirtiéndose en acción si tal cosa yo ordenaba.
Así, pues,
mi muñeco estaba atado a mis menores imágenes; esto era lo más genial de mi
invento, y, de haberlo revelado, hoy sería famoso; en cambio, tomé infinitas
precauciones para que nadie pudiese siquiera sospechar su existencia. Entonces
realicé los primeros ensayos: el autómata respondió perfectamente. Lo vieron entrar
y salir del Hospital saludándolo con deferencia como si fuese el mismo Nadle.
Surgieron también incidentes cómicos que me hacían reír con una risa interna,
pero no por eso menos gozosa. Vaya un ejemplo: Nadle, que había sido nombrado
profesor de la Facultad mediante sus relaciones, avisó a ésta en cierta ocasión
por teléfono, que no podría asistir a su cátedra por encontrarse indispuesto.
Fue mi muñeco, dictó la clase y la confusión que surgió de ahí, hizo dudar de
la salud mental de mi rival. Inés había sido olvidada, mi muñeco la sedujo
nuevamente, y digo nuevamente porque bien lejos estaba ella de suponer que la
persona con quien salía todas las tardes no fuese Nadle.
Mi plan era
éste: el autómata entraría en la casa de pensión donde vivía la enfermera
tratando de ser visto por todo el mundo; una vez en su pieza y después de
administrarle un soporífero, la mataría abandonando luego la casa de una manera
ostensible. Al día siguiente, ante el cadáver ¿a quién se iba a culpar sino a
mi ‘fidelísimo’ amigo Nadle?
En realidad
no sé si yo terminaría por ejecutar mi idea. Al fin y al cabo tengo un corazón
humano, e Inés... Se puede suponer que todo no pasaría de simples
elucubraciones. Pero los acontecimientos se precipitaron sobre mí desbaratando
mis planes y colocándome de pronto en la ridícula situación en que me
encuentro.
Era una
tarde fría. Yo estaba en el laboratorio con mi autómata a quien en los últimos
tiempos había tomado cierto temor, por su rapidez en ejecutar mis pensamientos.
Como tenía la cabeza algo pesada y los ojos lastimados por la luz eléctrica,
además de cierto cansancio en todo el cuerpo, me quedé dormido sobre mi silla,
al lado del microscopio. ¿Quién puso entonces en mi cerebro aquel sueño? ¿Qué
demonio maligno halló placer en destruir de un solo golpe toda mi labor
paciente? El hecho es que soñé que mi muñeco me estrangulaba. Apenas tuve el
tiempo necesario para despertar sobresaltado. Desde el otro extremo de la
estancia embaldosada de blanco y negro, el hombre artificial avanzaba hacia mí.
Rápido como una descarga eléctrica comprendí su designio; mi obra, fiel a mi
pensamiento, quería asesinarme. Traté de gritar y no pude. Bien sabía yo la
fuerza de aquel mecanismo que había construido músculo por músculo. Sentí que
actuaba en medio de una pesadilla. Desesperadamente pensé que el autómata
abandonase el laboratorio; me así a esta idea como un hombre de una cuerda que
encontrase al caer en un abismo. “Vete, vete”, clamaba todo mi cerebro. Mi
boca, sin embargo, no articuló una palabra.
Aquella
materia inconsciente, por primera vez, me desobedecía. Todo lo que cuento,
apenas llenó el espacio de unos segundos. Continuó avanzando, sonriente y con
los brazos abiertos como para un abrazo amistoso. Bien sabía que muy otro era
su objeto. Intervenía la fatalidad. Se me erizaron los cabellos y un sudor frío
corrió por mi cuerpo. Sobre la mesa, a mi lado, se encontraba la cuchilla que
había usado últimamente para mis preparaciones microscópicas; la agarré
angustiado sin saber hasta qué punto tendría efecto contra aquella máquina
ciega. Cuando se abalanzó sobre mí extendí el brazo y le clavé la hoja en medio
del pecho, un poco hacia la izquierda, desesperadamente, ¡Ah, qué horror viví
en aquellos pocos instantes! Su cuerpo resbaló por el filo del arma que aún
empuñaba mi mano crispada y fue cayendo, cayendo: parecía necesitar un siglo
para llegar al suelo. Algo como un líquido caliente y viscoso corrió por mis
dedos y perdí el conocimiento.
Cuando me
recobré ya estaba aquí, encerrado entre estas lúgubres paredes; no sé aún
cuántos días han pasado; la vida se ha detenido en una larga hora gris.
Interrogué a unos y a otros, todos me responden con evasivas...
Uniendo
palabras dispersas conjeturo que ellos creen que yo estaba muy enfermo, “muy
cansado por los estudios”, son sus propias palabras... y además, ¡asómbrense
ustedes!, que yo no maté a Nadle.
He explicado
todo punto por punto, cabecean escépticamente, me toman por loco. Me quedaban
aún dos esperanzas, Nadle vivía y su presencia desbarataría estas patrañas...;
además, en la autopsia del supuesto cadáver ya verían ellos que era sólo un
muñeco. ¡Dios mío! Aquí está el punto absurdo, incomprensible de mi
historia...: la autopsia los reafirmó en su idea primitiva, y Nadle, el
miserable, por burlarse de mí, ha desaparecido.
Publicado originalmente en Leoplán: magazine popular
argentino, Año XII, nº 268 (18 de julio de 1945)