Un
antólogo debería ser un auténtico inepto para que una selección de cuentos de
“la mejor ciencia ficción del siglo XX” sea irregular o simplemente poco
representativa. Orson Scott Card no es un inepto, ni como escritor ni como
antólogo, y este Obras maestras
contiene 27 cuentos que, salvo dos o tres excepciones, califican al menos como
muy buenos en ejecución e ideas. Muchos de ellos, como “Todos ustedes zombis”,
de Heinlein, “Un platillo de soledad”, de Sturgeon, o “Los nueve mil millones
de nombres de Dios”, de Clarke, son títulos muy conocidos y reeditados. Otros,
como “Componedor”, de Biggle, o “Turistas”, de Lisa Goldstein, lo son menos
pero tienen un bien ganado lugar en esta selección.
Dicho esto, la reseña podría cerrar con
una recomendación, en particular para aquellos que no tengan muchas lecturas en
el género. ¿Qué más se puede decir de una selección de lo mejor de la
ciencia-ficción del siglo pasado, realizada con inteligencia y buen gusto, sin
entrar a analizar relato por relato ni hacer una digresión sobre la historia y
el valor del género?
Mucho.
En primer lugar, cualquiera que recorra
el índice del libro descubrirá que la mejor ciencia-ficción del siglo pasado
fue escrita por anglosajones: no hay ningún relato en otra lengua. Es más: es
rabiosamente estadounidense, pues de 28 autores todos son de ese origen salvo
dos ingleses (y un canadiense por adopción). Está bien, Card no explicita en su
breve prólogo que la selección la hará sobre ciencia-ficción anglosajona, pero
se puede deducir de su aproximación relacionada básicamente con las revistas de
ciencia-ficción, una aproximación que por momentos se parece mucho más a la de
un aficionado al género que a la de un antólogo en pleno ejercicio crítico. Y
esto también explica otra característica de la selección: son todos relatos de autores
de ciencia ficción. No hay
relatos de escritores de literatura general que abordaron el género con tino,
como Vonnegut.
Pero, además, la selección está armada
no tanto por la calidad de los cuentos sino por la representatividad de los
autores, en particular en dos de las tres partes en las que se divide el libro:
La edad de oro y La nueva ola. De ahí que Card se disculpe por la imposibilidad
de incluir a muchos escritores que merecerían estar allí pero que por un motivo
u otro no ingresaron, haciendo mención de unos cuantos. Curiosamente, ausentes
de esta lista (y de la selección, claro) hay tres nombres insoslayables en el
campo del cuento de ciencia ficción: Dick, Bester y Sheckley. Sin intentar ser
más papista que Benedicto, la ausencia de ciertos nombres revela un poco el
programa que subyace a la selección: la ciencia-ficción es un género de ideas,
que se atreve a cierta crítica social, pero que no tiene mucho de subversivo.
Y esto queda revelado con claridad
cuando revisamos el espectro temático que recorren los relatos de la antología.
Hay dos grandes temas del género que están por completo ausentes: sexo y
religión. Dos temas conflictivos, provocativos, áridos, que han dado algunos
clásicos como “La fe de nuestros padres”, “Cántico por Leibowitz”, y varios de
Farmer, otro autor ausente. El motivo de estas decisiones de Card es terreno de
la especulación, pero evidentemente le resta representatividad pero no calidad
a la selección.
También podrían decirse algunas cosas
sobre la estructura del libro, una gruesa división en tres partes que Card
caracteriza como de cierta homogeneidad casi generacional, pero no vale la pena
porque se trata de un agrupamiento sin pretensiones teóricas.
Obras
maestras reúne un conjunto de excelentes relatos de ciencia-ficción, donde
se exhiben muchos de los rasgos que permiten distinguir las virtudes del
género. Pero la selección también ha eludido cuidadosamente algunos de los
relatos que, por sus temas, han sido de lo más controvertido y provocador que
ha dado esta corriente literaria.
Card, Orson Scott, comp. Obras maestras: la
mejor ciencia ficción del
siglo XX (Masterpieces,
2001) Barcelona:
Ediciones B, 2007. 570 p. (Nova, 200)$ 49.-
Contiene:
Llámame Joe, Poul Anderson. “Todos vosotros zombis…”, Robert A. Heinlein.
Componedor, Lloyd Biggle, Jr. Un platillo de soledad, Theodore Sturgeon. Sueños
de robot, Isaac Asimov. Involución, Edmond Hamilton. Los nueve mil millones de
nombres de Dios, Arthur C. Clarke. Una obra de arte, James Blish. Tenían la
piel oscura y los ojos dorados, Ray Bradbury. “¡Arrepiéntete, Arlequín!”, dijo
el señor TicTac, Harlan Ellison. La madre de Eurema, R. A. Lafferty. Pasajeros,
Robert Silverberg. El túnel bajo el mundo, Frederik Pohl. ¿Quién puede
reemplazar a un hombre?, Brian W. Aldiss. Los que se van de Omelas, Ursula K.
Le Guin. Luna inconstante, Larry Niven. Los reyes de la arena, George R. R.
Martin. El sendero descartado, Harry Turtledove. Combate
aéreo, William Gibson y Michael Swanwick. Valor facial, Karen Joy Fowler. Nieve, John Crowley. Rata, James
Patrick Kelly. Los osos descubren el fuego, Terry Bisson. Una huida perfecta,
John Kessel. Turistas, Lisa Goldstein. Uno, George Alec Effinger.