NORMAN SPINRAD: un agitador en la ciencia ficción
Luis Pestarini
San Francisco. Madrugada. 1964. Un muchacho de pelo revuelto
camina por las calles. Acaba de terminar de leer la última entrega de Dune en la revista Analog, la misma en la que pocos meses atrás publicó su primer
cuento de ciencia ficción. Está bajo el efecto de 300 mg. de mezcalina.
Entonces, tiene un flash: se ve como
un famoso escritor de ciencia ficción que publica numerosas novelas y cuentos.
Los escritores que esa madrugada son sus ídolos lo considerarán su par.
Norman Richard
Spinrad cumplirá sesenta y dos años en el próximo mes de septiembre. Nacido y
criado en el Bronx neoyorquino, vaciló entre las ciencias y el derecho antes de
darse de nariz con la literatura. Se fue con una banda de amigos a recorrer
México y sus placeres más ocultos, pero al regreso, gracias a la enchilada y
algunas sustancias no del todo lícitas, tuvo problemas estomacales que lo
llevaron directamente a cirugía, contrayendo una hepatitis tóxica, enfermedad
fatal que hizo una excepción con él, aunque tuvo que pagar su precio: una
semana con fiebres superiores a los 40º, siempre entre la vida y la muerte.
Crisis de crecimiento, crisis mística o confrontación con la muerte, lo que
fuere, pero del hospital salió un Spinrad distinto, comprendiendo que a la vida
hay que darle algún sentido y que había unas cuantas cuestiones urgentes sobre
las que se podía escribir. Además, la enfermedad y el delirio febril lo
llevaron a que se creyera un espía en medio de agentes extranjeros que pugnaban
por llevarse la fórmula de un nuevo combustible; desde el teléfono de su
habitación en el hospital llamó al Pentágono una madrugada, lanzó un montón de
supuestas claves y códigos de identificación hasta que fue comunicado con un
general que dormía en su casa. Al personal del hospital mucho le costó explicar
a los agentes del Pentágono que en verdad se trataba de un paciente con delirio
febril.
La primera
novela de Spinrad fue Los solarianos
(The solarians, 1966), una aventura
espacial burda y poco original sobre una raza extraterrestre que viene a salvar
a la humanidad de un peligro estelar. Por entonces, tras un par de años en una
agencia literaria, escribía una columna para Los Angeles Free Press, la revista underground de mayor tirada de
los Estados Unidos. El dinero no alcanzaba, así que escribió guiones para
Hollywood: preparó dos para Star Trek,
de los cuales sólo uno, The doomsday
machine, llegó a producirse. En 1967 le siguieron otras dos novelas, Agente del caos (Agent of chaos) y Planeta Sangre
(The men in the jungle), de
creciente interés, donde comienza a explorar con más seriedad sus ideas
sociales y políticas en el marco de historias de aventuras.
El cuento
"Ángeles de carcinoma" (“Carcinoma angels”), una breve historia en
tono de comedia sobre el cáncer —si
esto es posible—, publicada en la mítica Visiones
peligrosas de Harlan Ellison, fue un punto de inflexión en la obra de
Spinrad. Abandonó casi totalmente los escenarios de space opera para
proyectarse a futuros cercanos o medianamente cercanos a nuestra sociedad,
hurgando en el rol que juegan los medios de comunicación de masas. Esto se
plasma radicalmente en Incordie a Jack
Barron (Bug Jack Barron, 1969),
una de las mejores novelas de la década, que gira en torno a un animador televisivo
que se enfrenta con una corporación que
utiliza glándulas de niños negros para experimentar en busca de la
inmortalidad. Cruda y desinhibida meditación sobre el poder de los medios de
comunicación y la corrupción política, fue la primera obra de ciencia ficción
en incluir detalladas escenas de sexo y violencia y un vocabulario obsceno. Fue
prohibida en varios países, incluyendo Australia, y le ocasionó numerosos
problemas a la revista inglesa New Worlds,
a cargo de Michael Moorcock, donde fue publicada en forma seriada. A pesar de
que en la Cámara de los Lores Spinrad fuera tildado de degenerado y la novela
de porquería, hoy parece ingenua y superficial en su análisis político. Sin
embargo, fue un mazazo en la mojigata conciencia de la ciencia ficción de su
época y abrió una profunda brecha para el debate de temas más radicales.
También marcó un importante crecimiento de Spinrad como escritor, planteando
por primera vez personajes tridimensionales y presentando protagonistas
femeninos que no formaran parte del decorado.
Spinrad se vincula fuertemente con Michael Moorcock y la
revista New Worlds, que encabezan la
vanguardia del género, escribiendo para ella una serie de relatos
experimentales en forma y tema, como “El último hurra de la horda dorada” y “La
contundente cabriola de la pandilla entrópica” (Cuasar 5).
Entonces se
dedica a escribir una novela sobre el mundo de las agencias literarias, The children of Hamelin, que demorará
años en publicar por la presión de algunas agencias sobre las editoriales. A
principios de los '70 retorna la ciencia ficción con una novela dentro de una
novela, El sueño de hierro (The iron dream, 1972), una sátira de la
fantasía heroica que hoy suena simplista y extrema en sus puntos de partida. La
historia, inspirada durante una conversación con Moorcock, parte de la idea de
que en un mundo alternativo, Hitler emigró a los Estados Unidos y se convirtió
en escritor de pulps, las revistas populares que publicaban cuentos y novelas
en la primera mitad del siglo. Así, El
sueño de hierro es, casi en su totalidad, una novela de Hitler, El señor de la Svástica. Un epílogo a
cargo del hipotético crítico Homer Whipple destroza la novela, exhibiendo su
contenido fachista y fetichista homosexual en torno al triunfo de una raza de
superhombres sobre sus vecinos. El recurso de la historia dentro de la historia
también era original dentro de la ciencia ficción pero, en verdad, El sueño de hierro agota su planteo a
los pocos capítulos y se torna reiterativa. Aún así, en nuestro idioma se la
suele considerar como la mejor novela de su autor.
Jinetes de la antorcha (Riding the torch, 1974) fue su último
aporte a la novela en esa década. Trata sobre una sociedad que se desarrolla en
grandes naves interestelares (las antorchas) que cruzan el universo sin un
destino prefijado. No son las naves generacionales de Brian Aldiss o Arthur
Clarke, que buscan planetas para colonizar, sino que los vehículos estelares
son el soporte definitivo del hombre. Otra vez el tema de los medios de
comunicación de masas y la comunicación electrónica aparecen en primer plano.
Hasta 1980
ninguna nueva novela de Spinrad se ve en las librerías, aunque aparecen un par
de volúmenes de sus cuentos, No direction
home (1975) y The star- spangled
future (1979). Pero a diferencia de colegas como Robert Silverberg y Barry
Malzberg, que anuncian que dejarán el género por las limitaciones que les
imponen editoriales y gran parte del público, Spinrad continúa escribiendo a
pesar de que no puede publicar. Tiene reiterados problemas con las editoriales.
En realidad, durante ese período terminó tres novelas que recién se verán
impresas a comienzos de los '80. El juego
de la mente (The mind game, 1980)
trata sobre el lavado de cerebro que llevan adelante las 'iglesias mediáticas',
en particular una muy parecida a la conocida Iglesia de la Cientología, a la
que pertenecen, entre otros, John Travolta, Tom Cruise y Nicole Kidman. Si bien
la novela es un trabajo profesionalmente realizado, nada agrega a la obra de su
autor, aunque sí a su experiencia personal: poco antes de su publicación, su
casa fue violada en busca, dicen, del manuscrito original.
Un mundo intermedio (A world between, 1980) es una meditación
sobre los roles sexuales, el feminismo, los medios de comunicación y la democracia
electrónica. En el planeta Pacifica, una sociedad humana en saludable
equilibrio es amenazada por dos grupos de presión: los científicos
trascendentales y las feministas lesbianas. Spinrad intenta satirizar estos
movimientos, pero la sutileza nunca fue una de sus virtudes. La novela
finalmente es poco sustancial e, incluso, ingenua. Emparentada temática pero no
argumentalmente, Canciones de las
estrellas (Songs from the stars,
1980), su siguiente libro, cuenta sobre una sociedad pastoral en un mundo postguerra
nuclear donde se enfrentan dos facciones sociales: los técnicos, que quieren
lanzar una nave espacial, y los campesinos, muy en la línea de los hippies.
Como en la novela anterior, los planteos son bastante simplistas pero la
historia está mejor trabajada.
Tras el escaso
éxito de estas novelas, Spinrad entra en un período creativo y de actividad más
fructífero. Llega a la presidencia de la Science Fiction Writers Association
entre 1980 y 1982, revitalizando una organización en decadencia, e Incordie a Jack Barron es contratada
para ser filmada por el director francogriego Costa-Gavras, tal vez el mayor
exponente del cine político, obteniendo por la opción una suma de dinero que,
por primera vez, le permite dejar de vivir al día. La película, que aún no fue
filmada, lleva en gastos de preproducción más de dos millones de dólares en
casi dos décadas. También fruto de este período es The void's captain tale (1983), su mejor
novela en mucho tiempo. La historia gira en torno a grandes naves que cruzan el
espacio impulsadas por energía orgásmica, conducidas por pilotos mujeres que, a
través de una conexión electrónica, son inducidas a tener orgasmo tras orgasmo
para convocar la energía necesaria para mover las naves. Las mujeres son las
elegidas porque pueden tener orgasmos con mucho más frecuencia que los hombres.
Es una extraña historia de amor contada en primera persona, inusual en Spinrad,
y con una mezcla de lenguas que seguramente son el principal factor para que no
fuera traducida al español: la mayor parte de la historia está contada en
lingo, una lengua que tiene como base el inglés, las escenas de sexo en
sánscrito, y hay más variantes. A pesar de que Spinrad nunca mostró muchos
escrúpulos en las escenas de sexo, The
void's captain tale es curiosamente aséptica. La posterior Child of fortune (1985) está ambientada
en el mismo universo, descrito con mucho más detalle y narrada del mismo modo,
pero está menos lograda. Esta novela resulta hasta anacrónica en medio del muy
agitado ambiente de la ciencia ficción de entonces: el nacimiento del
ciberpunk. Spinrad temática y estéticamente parece estar más cerca de los '60
que de los '80.
Pequeños héroes (1987) es una
actualización, ahora en el marco de los ‘80, del tema de los medios de
comunicación y el poder de las grandes corporaciones. En algún momento entrado
el siglo XXI, una rockera ya entrada en años es convocada por una corporación
para la creación de una estrella de rock encarnada en un cyborg. Spinrad
aprovecha para confrontar la cultura de la calle, la droga y el rock con el
dinero y el poder y, como acostumbra, toma partido en ese enfrentamiento.
Entretenida y sin las simplificaciones sociales de novelas anteriores, Pequeños héroes se ubica entre lo mejor
de la ciencia ficción de esa década, a pesar de haber pasado desapercibida. En
Francia, donde reside Spinrad desde 1988, Canal Plus, junto al mismo autor, la
está trasladando al formato multimedia de un proyecto ambicioso que planea
renovar completamente la relación entre soporte y contenido.
La relación de Spinrad con el rock no se
extingue en Pequeños héroes: el
músico francés Richard Pinhas, líder de la banda Heldon (nombre del
protagonista de El sueño de hierro),
lo convocó para trabajar en varios proyectos. Para su último CD, Only chaos is real, Spinrad compuso
varias letras, y aparece en el video del primer corte. En un CD anterior
también cantaba, filtrado por un vocoder y una computadora.
Other Americas (1988), su siguiente
libro, es una recopilación de cuatro novelas cortas sobre futuros alternativos
de los Estados Unidos, publicadas originalmente a partir de principios de los
‘70. En la misma vena está su siguiente novela, Russian Spring (1991), que analiza el futuro de Europa y la
relación entre Estados Unidos y Rusia que, tras el éxito de la Perestroika, se
convierte en la principal potencia sobre el planeta. Es el retorno de otro tema
típicamente spinradiano: la hipocresía del American
dream; pero, si bien es su mejor libro de los ’90, su efecto se diluye
porque se publica casi simultáneamente con el derrumbe económico de Rusia,
curiosa situación que convierte a Russian
Spring no ya en una novela sobre el futuro posible sino en una ucronía, o
sea sobre un futuro que no será.
Las nuevas
tecnologías de la información y sus consecuencias culturales y hasta diríamos
metafísicas marcan la siguiente breve etapa de la obra de Spinrad, a través de
relatos como “Lo que te come” (1991) y, fundamentalmente, la novela Deux X (1993). Ésta es ni más ni menos
que una consideración teológica de las redes de computadoras y las
interrelaciones hombre-máquina, incluyendo la transferencia de personalidad en
forma digital. Aunque las meditaciones y exploraciones que se realizan a través
de la trama son agudas, nunca termina de resultar convincente el entorno
argumental, donde tenemos la entronización de una papisa, sacerdotes católicos
digitales y detectives que parecen tomados de Neuromante.
Su siguiente
novela, Pictures at 11 (1995),
publicada tras otra serie de enfrentamientos con su editorial hasta entonces,
Bantam, trata sobre un grupo ecoterrorista que toma un canal de televisión, a
pocos años en el futuro. En algunos sentidos es casi una actualización de Incordie a Jack Barron, pero Spinrad
empieza a mostrar cierta carencia del vigor y de la intensidad narrativa que
siempre fueron su sello.
A pesar de ser
reconocido en Francia como un gran escritor (sin categorizaciones de género),
en Estados Unidos cada vez le resulta más difícil publicar, al punto en que
llega a ofrecer su última novela, Greenhouse
Summer, por un anticipo de un dólar, con dos únicas condiciones: una
edición digna y una buena distribución. Finalmente es contratada por Tor Books,
una de las grandes casas dentro del género. La novela, publicada en diciembre
de 1999, fue recibida con críticas contradictorias. David Mathew, en Interzone, escribió: “Sé que Spinrad es
perfectamente capaz de llenar páginas con oraciones adecuadas; simplemente
sucede que su imaginación ha muerto”.
Gary K. Wolfe, por otro lado, la considera una gran obra de ficción futurista,
que, a diferencia de la ciencia ficción, intenta advertirnos sobre cómo estará
el mundo en el futuro si el ‘capitalismo corporativista’ triunfa: París
convertida en una ciudad tropical, los mares se devoran las ciudades costeras y
el clima se desquicia, un futuro que no parece disparatado.
Actualmente
Spinrad está escribiendo una nueva novela, Glass
houses, que explora otros aspectos de la catástrofe climatológica, y una
fantasía histórica basada en el guión que realizó para la película francesa Vercingetorix.
Aquel chico que
en un flash mezcalínico se vislumbró como un importante escritor de ciencia
ficción sigue creyendo en las posibilidades del género y no piensa abandonarlo.
“Nunca lo hice. No lo voy a hacer ahora. Aunque me han dicho que estoy quemado
para la industria editorial de la ciencia ficción. No voy a dejar a la ciencia
ficción. La ciencia ficción, parece, me está dejando a mi. Se ha convertido en
un género editorial en el cual el tipo de ficción que quiero escribir ya no puede
ser publicado con éxito.” Spinrad abonó a lo largo de su obra la exploración de
ideas culturales y políticas de alcance global, a través de tramas muchas veces
simples pero intensas. Su principal valor ha sido siempre imponer en un género
más bien conservador y burgués temáticas comprometidas, narradas con gran
energía. Por eso mismo, porque siempre se ocupó de las cuestiones más urgentes,
es que sus textos ocasionalmente parecen envejecidos e, incluso, excesivamente
simples: la maduración del debate y el cambio social suelen dejarlos atrás.
© 2002 Luis Pestarini